¡Entren en su blog de literatura cutre!
Sí, damas y caballeros, conservo escrupulosamente unos estándares de baja calidad a los que me debo.

martes, 15 de marzo de 2016

Tikal


Tikal:

            El olor de los secretos es fuerte y dulzón, y la nariz se me queda arriba –no sé muy bien dónde– mientras las palabras se me resbalan por los brazos. ¡A nadar! ¿A andar? ¡Que no, que no es eso! Que si quiero que me siento, que te digo que soy el sol que me baña las lágrimas del laberinto. Por eso estoy aquí.
Guardiana del Agua, me dicen, como si el agua fuese un sentimiento que no pasa por la cerradura de los tiempos.
El Árbol de los Dioses sin Nombre me mira con cara de madera y yo me río. “¡No vaya a ser!”, le digo y el eco de mis letras me deja sorda. ¡Qué mareo! Si las lunas no fueran los colores del cielo creo que no podría vestirme.
El sol me dice que se siente ser yo, calentito. El vello de la piel se despereza, como si se inclinara ante él.
A veces siento que los propósitos ya se han roto contra el suelo en un montón de excusas que nadie se llegó a creer, supongo que los que caminan enhebran sus pasos a través de las preguntas y sólo llegan hasta este árbol cuando ya no queda senda bajo los pies en forma de horizonte y cuando ya no buscan a nadie. Cuando sólo hay un destino por tejer. Eso o están locos, claro. ¡Sí, que sí!, la cordura y yo somos muy buenas amigas, pero, ejemmm… nos vemos poco. Somos de ésas que saben que a la otra le irá muy bien por su cuenta y que se quieren mucho y se abrazan muy fuerte al verse.
El gato gris que siempre está conmigo juega con sus maullidos entre estos dedos míos tan finos, y mis dedos hacen un remolino alrededor de sus bigotes y se mueven como un hilo al viento entre sus patas. ¡Este gato es inmortal, qué miedo! ¡Túúúúú… tutú, turururú! Qué de sed, qué de encuentros, a la luz de los sueños el otoño se abre ante mí con un perfume ocre y sereno que se cierra y me inunda la calidez llena de síes y puntos suspensivos brincando por todas partes.
Hablar y escribir es un desperdicio alegre de las palabras que si no saben reír es porque no se las escucha siendo escarcha delante del ceño fruncido al deshacerse. ¡Deshielo, desdicho, acaramelado como el enigma que se sabe chiste! Por eso no podría quedarme en silencio. O sí… o sea… a ver… que yo no hablo todo el día, a veces estoy calladita. La verdad es que el gato es mucho mejor auditorio de lo que uno podría pensar a simple vista…
Hay una niña delante de mí, pequeña, pequeña, pequeña como el universo. Diminuta, minúscula, ¿o sólo enana?, ¿renacuaja?, no sé… poca cosa, chiquitina ella, y ocupa una realidad entera, porque se la ve tan vacía de cosas que el pensamiento barre sus propios resortes y hace un tirabuzón jugando a solidificarse contra un enunciado cuando sólo se recuerda viento. Y los pétalos de cerezo se le acercan a la niña porque siempre han sido muy curiosos. Y mis ojos tiran de mí y también me susurran en un grito: “¡curiosea, Tikal, curiosea!”.
¿El mundo me está robando una sonrisa? ¡Ajá! ¡Te pillé! Umpf… no me cabe en los bolsillos, ¡qué morro tiene! Pero como no es mía campa a sus anchas por mis labios, ¡será caradura! ¡Vuelve aquí! ¡Vuelve aquí, artera! ¡Venga, al bolsillo o me enfado! Comencé a reírme a carcajadas, en pretérito, no porque quisiera atraparme en el pasado ni guardarme para el futuro, no, no.
¡Qué indignación! ¡Como si yo fuera feliz todo el día! Y yo creo que de cuatro a siete de la tarde… igual sólo estoy… ¿siendo la hierba? En fin, da igual. Así que vuelvo a reírme a carcajada limpia… o sucia. ¿Es blanca? Porque yo creo que tiene el color de una promesa que se abre y se cierra en el mismo instante, suena clara y nítida, como las cosas sinceras o como una sola gota cayendo en un pozo. Como el agua… ¿Tendrá eso algo que ver? En fin, menuda chorrada… Tiene que ver como las montañas recortándose contra el naranja y el verde y el púrpura que hay bajo las estrellas, los dos soles y las no sé cuántas lunas. En este horizonte se contemplan varios días y varias noches, lo cotidiano es espectacular. Los olores se trenzan en mi calma, y el mundo hace una reverencia cuando los rayos de sol se ondulan por un momento, pasándoselo muy bien. Las perspectivas no saben a dónde ir, así que los ángulos de las cosas se sienten desubicados. ¡Eh! ¡Tranquilidad! Además creo que la peque me está mirando mientras almuerzo, es raro.
–Maestra Tikal –dice la niña, me giro del todo, tengo comida en la boca pero la aguanto, no respondo, o no respondo mucho y así escupo poco. ¡No hay que desperdiciar la comida, niños!
–No foy maeftda, maeftdo ef el ádbol efte.
–Se le ve bien –dice la chiquilla que, afortunadamente, ha entendido a mi comida.
–Eftá fuefte –trago con un esfuerzo sonoro e indecoroso en algún mundo timorato– y tiene buena pinta, digo yo, la verdad es que no entiendo mucho de jardinería, ¿tú? –le pregunto ofreciéndole algo de comer.
–Qué va –responde a ambas cosas.
La niña me mira, parece atenta y paciente. Y no tiene ni idea de por qué está aquí: su mirada es tan clara como la sinceridad y no está confusa.
–El mundo es tu respiración –le digo, sólo por ver cómo reacciona. Hala, metafísica dura y absurda para alumnos extraños que salen de no se sabe dónde.
–¡Mola! –responde. Huelga decir que no sé lo que significa esa palabra, pero ella parece entusiasmada–. ¿Cómo no iba a cambiar el mundo si le cambias el compás? –me dice resuelta. Exactamente.
–Claro –comienzo a decir–, no son las cosas, sino su rigidez, lo que se rompe –la pequeña asiente–. ¿Cuál es tu nombre, niña rara?
–Irina Iúrievna Rashéieva, Ira para los amigos. He matado a mucha gente, he hablado con mucha otra gente (y en general no la he matado) y me he dado cuenta de que yo era una idiota… pero a ver, que yo era mucho más mayor que ahora. Tenía muy mala hostia y amargura de sobra como para intoxicar al mundo.
–Entiendo.
–Pero ahora estoy bien –dice sonriendo.
–Lógicamente.
–La reina de las tierras blancas me dijo que viniera.
–¿La misma reina que nunca quiere jugar a las cartas conmigo pero sí al rol?
–Ésa.
–¡Fenomenal, la echo de menos! ¿Y qué tal anda? –digo mientras empiezo a doblar este relato en el pasado porque me da a mí que le quedan un par de párrafos.
–Pues muy bien, te manda saludos y lo que parece ser el dibujo de una zapatilla subido de tono, no lo entiendo pero –comenzó a reírse– me hace gracia –Ira le dio, tras contemplarlo por última vez, el trozo de papel a Tikal–. ¿Sabes?, a medio camino he pensado: ahí hay un árbol muy bonito. Como pensamiento es una completa cursilada, pero qué le vamos a hacer. ¿Puedo bañarme en la charca esa?
–Tú puedes hacer lo que tú quieras, campeona.
Y la salpicadura se zambulló en el calor del sol mientras la hierba me hacía sitio para que me convirtiera en una bola hecha un ovillo de lana. El olor de las verdades se apresuraba hacia el norte, con ese regusto ácido y suave que tienen las paradojas al raspar la dureza.
Hoy me sentía la tranquilidad del verano rozando el verso sobre una naranja, será por eso que los caminos nos reúnen siempre con aquéllos que saben bailar nuestro paso.

martes, 1 de marzo de 2016

Otro relato sobre el suicidio (hay tantos)

Otro relato sobre el suicidio (hay tantos):

            No me encontraba en un edificio abandonado con las paredes desconchadas ni papeles, pedazos de cartón y demás desperdicios asaltando la realidad. No había pintadas, faltaba lo oscuro de la imaginería entre jeringuillas, palizas en la infancia o la justificación que proporciona una enfermedad cruel. Faltaba en definitiva lo sórdido o lo piadoso y sólo quedaba el acto.
Estaba en mi casa.
Estaba en mi cama.
Y nunca me había sentido tan despreciado en mi vida.
Y ese desprecio llenaba mi mundo y lo contaminaba y yo, marioneta y titiritero, me convencía de que lo que merecía la pena –la arena del reloj– se me había escapado de entre los dedos.
Lo cierto sin duda era que yo mismo me repudiaba, si en aquellos instantes no lo hubiera entendido, aparte de una autocompasión conformada, habría cargado con una forma idiota de ceguera. La cobardía podía ser autoconsciente al morir las alabanzas.
Las líneas rojas daban forma a mi brazo, abiertas, mostrándome un interior sin cicatrizar en mi miseria. El color era brillante, vivo y –cuando la belleza ha sido engullida por la locura– hermoso.
Hacía un sol radiante que se llenaba en la sangre, encerrando su fulgor en aquel manar templado y doblegándose ante la paradoja de la elección.
¿Jugando cartas marcadas? –me dice una voz. Una figura sin rostro logra sonreírme a través de lo real.
–He quemado la baraja –respondo.
Pues se va a incendiar tu casa.
–¿Has venido a entretenerme? –interrogo mordaz.
¿Ahora tú me pides cuentas? –responde él.
–¿Quieres que piense que es revelador? Es una reacción.
Debido a una acción: intentas suicidarte, pero te detienes a hablar contigo mismo.
–No creo que sea la reacción que pareces buscar.
¿Y sí la que has encontrado? –inquiere–. ¿Conmiseración autodestructiva y complaciente?
–Si no tienes ninguna oferta, puedes dejarme tranquilo.
La muerte es aburrida –continúa él, muy a mi pesar.
–¿La vida es mejor? –pregunto hastiado.
La vida es interesante.
–El interés es subjetivo. ¿No crees que de pensar eso, no habría tomado este camino?
Puede, pero sigues hablando.
–Hablar es una acción, atribuirle más significado que el corte que cruza mi brazo es arbitrario o tendencioso.
¡Vamos! ¿Eres evasivo con tu subconsciente?
–He personificado a mi subconsciente, ¿qué hay más evasivo que darle el poder de evadirse?
De momento estoy aquí.
–Y ambos sabemos contar.
¿Quieres terminar con esto?
–Por favor.
Y te debates en una contienda dialéctica.
–Que puedo ganar.
Discutes contigo mismo, no tengo más remedio que darte la razón.
–Gracias.
Pero estás haciendo el ridículo.
–No puedo escucharte, el peso del mundo… –yo lloraba en pretérito, creo, aunque las lágrimas no parecían tener peso, ni tacto, ni forma.
¡Sí, esa línea de pensamientos te ha hecho llegar lejos! –responde él sarcástico–. ¿Sabes qué es lo peor? Que sabes que la vida es interesante. Por otro lado, hazlo si crees que debes hacerlo.
–¿Es un intento de psicología inversa? –le digo–. Porque no te tengo por ingenuo.
Tú piensas que la gente debe hacer lo que desea hacer. Yo no puedo ir en contra de esa convicción, es muy fuerte en ti. Por lo tanto, si crees que debes ponerle fin a tu vida, hazlo. Es cierto que has sufrido mucho, pero no te equivoques, el sufrimiento no nos da la razón. Que nos ofendan no hace que estemos en posesión de la verdad, sólo nos muestra la clase de relación que tenemos con nosotros mismos. Y antes de que vuelvas a compadecerte con ese dramatismo que te caracteriza, debes saber que puedes poner un punto y aparte al patetismo, a la cobardía y a la debilidad. Y recuerda que técnicamente no te digo nada que no sepas de antemano.
–Hay cierta valentía en el suicidio.
Como la hay en engañar a otra persona.
–Yo no querría morir bajo las órdenes de otro.
–¿Y pensar que quieres morir bajo tu propio mandato es liberador? Eres valiente sólo en la medida en que no se puede ser más cobarde.
–Tú pretendes menoscabar mi voluntad, yo me mantengo en mis ideas.
No son ideas lo que tienes, es un dogma pétreo y desesperado por imitar la realidad. Enfrentarse a la incertidumbre es lo valiente.
–Lo valiente es la determinación.
La determinación es fanatismo y el fanatismo es un fenómeno simple y sin matices. ¡La duda es interesante! Eres valiente porque vives en un mundo incierto, no porque mueres aferrándote a una fe que, como todo lo rígido, es endeble. Y si realmente creyeras en tus planteamientos, si fueran lo suficientemente sólidos y flexibles, no aparecería en ellos ni la inseguridad ni una postura tan violenta como la muerte.
–Supongo que es razonable hablar así del verdadero fanatismo y no del deseo de poner fin a la existencia de uno. De lo contrario el hecho de intentar suicidarse es lo que nos impediría llevarlo a cabo, porque según tus palabras estoy tratando de hacer algo en lo que no creo y por lo tanto, si lo intento, no lo hago, por definición. Pero tu trazado es capcioso y circular: defiendes al mismo tiempo la incertidumbre como garantía de la certeza y la convicción como aquello que precisamente nos lleva a la duda. Si tratas de llevarme a tu terreno vas a tener que ser más hábil conmigo.
De acuerdo, como veo que no estás familiarizado con el absurdo del sentido de la vida, volveré a empezar y esta vez iré en línea recta, no te me vayas a perder: estás dudando. Y lo sé porque tú lo sabes. ¿Te parece eso lo suficientemente hábil?
–No. Además la duda no implica volverse atrás.
Pero la duda implica duda.
–Estamos volviendo al principio.
Y es ahí donde te equivocas: estás volviendo al principio.
–Siempre he sido un gran procrastinador.
Y sin embargo la muerte no se puede postergar.
–Soy la prueba viviente.
Si vives, no mueres.
–Es otro planteamiento circular.
Quieres suicidarte porque temes la incertidumbre y la incertidumbre es la vida.
–Constatar una evidencia no es algo tan ocurrente como pareces creer.
Tendrás que permitirte albergar ciertas dudas, en todo caso sí es inteligente afrontarla. Pones la decisión en manos de un mundo que te ha decepcionado e incluso de ti mismo te alejas –a través de mí– para negarte la responsabilidad. Sin embargo tu decepción se origina en una mentira y pasa a través de un razonamiento erróneo que utiliza la lógica como la más torpe salvaguarda.
–El mundo es así –acierto a murmurar.
El mundo es así pero tú no lo has aceptado, no puedes actuar en él y estás encerrado en tu mente. Y tu plan de fuga es volar por los aires tu celda contigo dentro. Y… aunque sea por la parte que me toca, deberías replantearte esa estrategia.
–Es otro planteamiento circular, una vez más.
¡Evidentemente!, pero una vez más, eres tú quien está perdiendo el tiempo atrapado entre los límites de… del rudimento ese al que llamas “lenguaje”. Yo no he inventado un amigo imaginario para que me salve de mi propia estupidez. La curiosidad siempre te vencerá, porque tú no estás hecho para tener razón. Al menos ten cierta dignidad y sentido del humor, y dite alguna bravuconada como que detestas tener siempre razón, porque ahora necesitas ser valiente, gilipollas.