¡Entren en su blog de literatura cutre!
Sí, damas y caballeros, conservo escrupulosamente unos estándares de baja calidad a los que me debo.

miércoles, 15 de junio de 2016

Cleptocracia

“Y los españoles, muy españoles y mucho españoles”.
MARIANO RAJOY.

Cleptocracia:

            Encendí el ordenador, puse internet y busqué uno de esos debates que ocupaban el prime time de la televisión española, tan seguidos por esos jóvenes a los que siempre se nos achacó un completo desinterés político.

–Perdónenme, damas y caballeros, que vuelva al tema principal de la tertulia, del cual bastante nos hemos desviado y que no es otro sino el secuestro de la democracia por la élite política y financiera…

De todos era bien sabido que el poder financiero, el cual, aunque abstracto no se reducía ni mucho menos a un ente acéfalo, había contraído una deuda con nosotros debido a los crímenes que había cometido, y nosotros se la estábamos pagando. Es decir: ellos nos robaban, nos llamaban ladrones y nosotros les ofrecíamos aún más dinero en consecuencia.
            Asimismo era bien sabido que la democracia estaba siendo violada por unos cretinos que imponían su ley de una forma más sutil de lo que parecía entre toda esa barbarie verbal que les era tan propia, por ejemplo: “no hay que reabrir viejas heridas” significaba que estaba terminantemente prohibido hablar del franquismo, una de esas terribles dictaduras que no cayeron por voluntad popular y que, pese al inconveniente de su defunción, seguía proyectando la sombra de la censura sin aparente problema, posiblemente porque varios millones de franquistas no dejaron de serlo de la noche a la mañana sólo por el hecho de ser testigos de una endeble transición.
Hubiese sido ingenuo centrarse sólo en nuestra historia nacional, otra de tantas, puesto que había mecanismos políticos y económicos en juego a nivel nacional e internacional, fraudulentos, deshonestos y, sí, eficaces.
Algunos de nosotros éramos tan afortunados que contemplábamos el panorama desde el exilio vital que se nos había impuesto: Alemania, Argentina, Reino Unido, México, Francia, Irlanda, eran algunos de los destinos más solicitados. Estupefactos, observábamos cómo se dilataba el silencio recomendado a nuestros hermanos catalanes, cómo se incidía en la represalia al ciudadano, cómo las connivencias selectivas y los indultos a cargos públicos corruptos estaban a la vista, cómo el Estado se blindaba legislativamente contra su pueblo. La obviedad de lo que ocurría era flagrante y los lugares comunes se habían convertido en la excepción: parecía que decir cosas de sentido común lo trastocaba todo.
Quizás estábamos mejor preparados como tanto oí decir en mi tierra, quizás nos subíamos al intercambio de ideas con facilidad, quizás ese reflejo gastado y rancio de dos Españas enfrentadas se nos hacía extraño a nosotros que, a fin de cuentas, habíamos aprendido a discutir a través del argumento a pesar de que nuestra educación aún era prisionera de un modelo industrial y descerebrado, y todo ello teniendo en cuenta que no osábamos ignorar el pasado. Simplemente creíamos en la democracia, ya que costaba tanto dar con ella.

–Damas y caballeros –decía una mujer en el debate–, como bien saben, la izquierda, hasta hace muy poco, no ha sabido analizar las herramientas de que disponía, esto es: teniendo un diagnóstico inteligente y recogiendo los intereses de la mayoría, no dejaba de parecer sino una minoría social. Y es que tal vez, señores, haya llegado el momento de replantear el eje entre la izquierda y la derecha, no como unas coordenadas geográficas, al oeste y al este del ya demolido Muro de Berlín, sino como un eje que coincide exactamente con la Declaración Universal de los Derechos Humanos y que, nadie me negará, es una de las maravillas de la humanidad, permítanme la repetición.

Vivir en Irlanda me había abierto los ojos: era una tierra ancestral pero joven que respiraba en libertad, donde los crímenes de un pasado muy reciente eran recordados, donde la crisis económica se superaba, donde la desobediencia civil era una opción porque el pueblo tenía la última palabra sobre su destino. Por supuesto tenían problemas a resolver, muchos, y por supuesto había corrupción, pero el escenario era lo suficientemente distinto como para que la mente tuviera que abrirse a la evidencia de otra posibilidad. No de esa posibilidad irlandesa, sino de la posibilidad como realidad: al hecho de que las cosas podían ser de otra manera. Estaba claro que cuando nos decían que tal o cual política alejada del liberalismo económico era irrealizable, se trataba de una mentira conveniente. No es que en España ignoráramos estas cosas, pero aquí –en Irlanda– uno no podía sino experimentarlas, incluso desde el capitalismo.
Y es que podíamos construir un proyecto, podíamos desarrollarnos como personas, podíamos vivir a nuestro aire y aprender cualquier cosa sin preocuparnos por si íbamos a llegar a fin de mes. No era un paisaje para nada perfecto, pero era uno mucho mejor.
Vivíamos las elecciones del 2016 con expectación y a la vez éramos muy exigentes con los nuevos partidos políticos. La campaña electoral del nuevo partido de derechas era un chiste y algunos detalles del nuevo partido de izquierdas eran decepcionantes. Con eso y con todo Podemos estaba a otro nivel democrático e intelectual, cada vez con más fuerza y más ahora que se articulaba en coalición junto con la corriente reformadora de Izquierda Unida.
No lo voy a negar, muchos de los que nos habíamos marchado éramos gente con currículums académicos, al margen de dónde trabajáramos, y muchos de nosotros también éramos progresistas más allá de la propaganda y la palabrería. Desconfiábamos de los medios y de sus intentos por manipular a la ciudadanía para que aceptaran políticas que iban en contra de nuestros intereses, mirábamos de reojo a la cleptocracia y a toda esa casta movida por un interés claro y sociofóbico.

–Debo recordarle –seguía la pantalla del ordenador– que en este plató no se puede mentir ni tampoco se permite la demagogia.
–Los muertos dejados atrás por el sistema comunista son una realidad.
–Por supuesto que lo son, y nadie debería pasarlo por alto, pero, a ver, que lo demagógico no es que vayas y digas que hay muertos en el comunismo, sino que, hombre, dicho así parece que no los hay en el capitalismo. Y que no se le atribuyan al sistema capitalista no quiere decir que no existan.
–Perdona, no me negarás, Pablo, que en Venezuela o en Corea del norte muere gente a causa del régimen comunista.
–Fíjate qué analogía nos sale si hablamos así: Venezuela es un país con mucho crimen. Pues bien, de toda América Latina, Nicaragua es el país con más crimen y, ¿la culpa es del capitalismo?
–Dese cuenta, usted, de que la demagogia no está en dar datos históricos, demográficos o cualesquiera otros que, qué duda cabe, son ciertos, sino en confundir correlación y causa, y en buscar una ligazón allí donde no es lícito hablar de ella.

La situación era un disparate fruto de la irresponsabilidad. Al fin y al cabo nos habían forzado a emigrar. Habíamos abandonado a familia y amigos en muchos casos para, tal vez y sólo tal vez, encontrar un futuro en otro país. Habíamos tenido que superar la incertidumbre del primer trabajo, esto es, si llegaba o no, y el desconocimiento de las leyes locales, habíamos tenido que encontrar nuevas personas en quien confiar y nuevas perspectivas que contemplar. Nos habíamos fortalecido, abierto y relacionado sin parar, eso sí, a un alto coste y renunciando a nuestro hogar.
De algún modo nuestra postura era extraña. Teníamos que acoplarnos a los usos de otras tierras, recordar nuestra patria y ser conscientes de nuestro lugar en la historia: una gota de agua en el océano. Porque, ya fuera la edad, ya fuera haber leído demasiado, el caso es que uno aprendía a relativizar, a tener paciencia, a encontrar su individualidad en el colectivo y a no dejarse debilitar por los extremos del binomio. Y precisamente de una mirada más objetiva, que tenía menos que ver con cuentos de hadas o cazas de brujas, extraíamos la fuerza.
Y, sí, la guerra entre ricos y pobres la estaban ganando ellos, a fin de cuentas tenían armas y dinero para costeárselas. Pero nosotros teníamos nuestra dignidad y unas ideas de educación y de libertad que seguían un camino infinito. La gente se había lanzado a la calle y reclamaba las instituciones, ya no éramos esos comunistas cómodos que despreciaban el sistema posicionándose en debilidad frente a ese poder que en realidad nos pertenecía, refugiados en unos símbolos y un discurso cerrado, sino que éramos una marea de gente que pedía justicia, derechos humanos y democracia, algo que, por otra parte, no parecía tan descabellado.
Queríamos ser el parlamento por la sencilla razón de que el parlamento, la constitución y el poder éramos nosotros.
Desde el principio de los tiempos el poder habíamos sido nosotros.
La única diferencia es que ahora empezábamos a darnos cuenta.