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Sí, damas y caballeros, conservo escrupulosamente unos estándares de baja calidad a los que me debo.

viernes, 15 de julio de 2016

Laberinto


A Annika.

Laberinto:

            Me siento impotente, como un suspiro tirando de un huracán, como una gota llorando una tormenta. Las preguntas pasan de largo, pero son estaciones sin raíl, el signo de interrogación es una boca delirante mordiéndose los labios. Las paredes son transparentes y sobre ellas se apoyan mis manos desnudas, y tras la luz que atraviesa mi piel, hay letras y números anotados, como apuntes dispersos sin materia que repasar. Son demasiadas frases, pueden conmigo, demasiadas letras, faltan comas y sobran líneas. Einstein dice (aunque la frase no es suya) que no debemos juzgar a los peces por su habilidad para escalar muros, William Blake que se hacen grandes cosas cuando los hombres y las montañas se encuentran, Les Brown asegura que no fallamos porque apuntemos demasiado alto y no acertemos, sino porque apuntamos demasiado abajo y damos en el blanco. Escritas en las paredes invisibles hay ecuaciones que no entiendo, letras de canciones a medio escribir, titulares de periódicos que no me interesan, extractos bancarios sordos a mi indiferencia muda, fragmentos de obras de teatro que duermen en mi corazón y diálogos de los que no siempre recuerdo haber formado parte. Pero no sé dónde estoy. Dicen que si pegas la mano a la pared siempre sales del laberinto, pero yo estaría perdida hasta que me hartara y recorriera el camino por fuera. Sin embargo sólo veo letras y números, luz y un espacio infinito en el que no creo que tenga sentido hablar de palabras como fuera o dentro. Pero me siento encerrada en este camino que no logro dibujar sobre mi destino y mis manos tratan de aferrarse a lo que es tan liso que resbala. Ahora hay gente a mi alrededor: hombres, mujeres, niños y ancianos, todos pasan junto a mí o a través de mí, como si no existieran muros cristalinos y, sin romper nada, se mueven atravesándolo todo. Todos tienen el mismo rostro, ¡mi propio rostro! ¡Todos son la misma mujer! Y yo me pregunto qué ocurre cuando se pone un signo de interrogación al final de la frase, por qué se bloquea la duda en el interior de su propia naturaleza, por qué, vacilando, estoy paralizada y sin llegar a preguntarme más allá de la pregunta. La intuición es una brisa que no logra despertarme y las palabras están asediando mi mente en discordia, haciendo chirriar las tuercas que sostienen el orden y el desorden con el sonido de lo sórdido, y no sé cómo desafiarlas. No lo entiendo, quiero salir, quiero entrar… Conjuro las letras a través de los mundos y los dioses antiguos, tomo mi espada y mi escudo, dispuesta a luchar. Y el laberinto en el que yo me encontraba se despereza y transforma en una criatura salvaje, escamada, devorando palabras a su alrededor y escupiéndolas como fuego. Mis cejas enarcadas quieren escapar del mundo, pero mi puño las retiene sopesando el filo que contiene. Frunzo el ceño y decido que no quiero rendirme, así que dejo caer mi acero y defensa acuñando en un gesto todas las posibilidades al encontrarse con lo inevitable. El mundo comienza a respirar conmigo, el ritmo no se rompe y yo guío al sol. Y el dragón me devora y yo soy el dragón. Yo soy el laberinto. Yo soy el dragón. Y cuando no hay límites ni enemigo que batir, las verdades se liberan y son destruidas. Ya no estoy perdida. Y ya sé cómo resuenan los ecos de las preguntas: como el vacío en el que caeré siempre, viva.