¡Entren en su blog de literatura cutre!
Sí, damas y caballeros, conservo escrupulosamente unos estándares de baja calidad a los que me debo.

sábado, 1 de abril de 2017

Un día de clase

“Me lo contaron y lo olvidé. Lo vi y lo entendí. Lo hice y lo aprendí.”
CONFUCIO.

Un día de clase:

Zera era muy ignorante, de modo que un día decidió meterse a profesora, disfrutaba además de un profundo conocimiento de lo que su ignorancia significaba, así que procuraba no empañarla con verdades absolutas. Las verdades absolutas echaban al hombre a perder: para empezar lo hacían aburrido. Las frases lapidarias constituían siempre la más obvia de las mentiras, por no mencionar que resultaba del todo vulgar tomar la parte para estrangular al todo. Al parecer sólo la tiranía había podido emplear la verdad con algún grado de éxito, aunque éste había sido invariablemente estúpido.
Por su parte Zera se tenía por una mujer perspicaz porque, fuera del aula de educación primaria, la gente no solía entender lo que decía y sobre todo porque dentro sí.
El aula, esta semana, era un bosque lejano con un riachuelo, la temperatura estaba configurada en lo que en los estrictos baremos computacionales venía a traducirse como “agradable”, y los niños, que obviamente no estaban allí más que como realidades virtuales –aunque la diferencia entre real y virtual apenas podía ser percibida de ningún modo–, se sentaron en el suelo.
–La libertad sin igualdad y la igualdad sin libertad devienen abusos del poder, es una frase de Scott Jiménez, niños. ¿Algo que decir?
Nat, la niña irreverente, y Sen, el niño avispado, cuchichearon entre ellos.
–¿Los siglos del capitalismo y del comunismo temprano? –inquirió Sen.
–¡Ese rollo de que el poder estaba en manos de unos viejos raros! –añadió su compañera.
–Exacto –se congratuló su profesora.
–Es eso de que cuando los países fueron a ver las deudas que tenían –siguió Nat– y vieron que nadie podía pagar nada, entendieron que el mundo había funcionado sin dinero y nadie había muerto.
–Bueno, la frase tiene más que ver con los ciudadanos –precisó Sen–, ¿no?
–¡Pero si no existían! –dijo Jake indignado.
–¡Profe! –exclamó Ling-Ling para llamar su atención–. ¿Cómo podía la gente vivir así? ¿Por qué no se rebelaban contra el poder? Por qué votaban cada no sé cuánto y punto? ¿Por qué dejaban que otros eligieran por ellos?
–El poder político y financiero –comenzó Zera a decir– les había convencido de que a) no eran un grupo social y de que no tenían fuerza para unirse y b) que cualquier alternativa al capitalismo era irrealizable, imposible y no era siquiera deseable.
–¿¡Y se lo creyeron!? –inquirió Penny riéndose y mirando a sus compañeros–. ¡Si eran libres sólo para comprar!
–¡Casi todos salían mal parados! ¡Unos pocos tenían casi todo, los de arriba empujaban a los de abajo! ¡Y les parecía normal que el Estado no les diese casa, salud o trabajo gratuitos! Bueno y… ¡Tenían Estado! ¡Qué tontos! –soltó Trish.
–No eran tontos –aclaró Zera en tono conciliador–. Pensad en nuestra sociedad, ¿acaso no tiene problemas? ¿No hay injusticias?
–Digo yo, sí… pero antes era peor: pobreza estructural, pena de muerte, no había libertad de expresión en casi ningún sitio. Excepto en ese par de siglos en que parecía que todo se iba a… al garete… ésos… lo que sea.
–El Dogmatismo se llama eso –la ayudó Zera. La información estaba ahí para cualquiera, aunque a la profesora no le inquietaba en absoluto la vagancia en sus alumnos.
–Gracias. Pues eso, durante el Dogmatismo no había libertad de expresión en ningún sitio en absoluto.
–De nada. Pero no eran tontos, algunos eran muy inteligentes. Pensad que lo mismo podrían decir de nosotros en el futuro y no sería verdad: una persona estúpida tiene una respuesta bien definida, una inteligente, signos de interrogación para contestar. Y no tratéis de reducir épocas enteras en un par de frases porque nunca daréis en el clavo: con un par de palabras suele bastar.
–Seguro que era porque vivían menos de cien años, eso le tiene que tocar a uno la cabeza –colaboró Penny.
–Qué va, cuando te mueres siempre es demasiado pronto –aseguró Nat.
–¿Y la gente creía que los robots iban a matarles en un apocalipsis tecnológico? –inquirió Jake–. ¡Mola!
–Sí, aunque ya sabéis lo que pasó: los humanos nos acabamos fusionando con los androides. Somos nuestra peor pesadilla –señaló Zera con una sonrisa–. Las cosas sucedieron gradualmente, la tecnología se convirtió en nuestra forma de vida cuando llegamos al neolítico, después y durante toda la historia siempre se ha insistido en que vivíamos mejor cien años antes. Aunque, ¿queréis saber cuál es el momento más asombroso para mí a nivel tecnológico?
–¡¡¡Sí!!! –dijeron todos a coro, incluido Tal-Hesra, el niño de la especie alienígena de los nim que solía hablar menos y ocuparse más en ver desfilar cadenas de datos ante sus ojos, pensar en sus cosas o desarrollar excusas elegantes sobre su continuada ausencia a partir de axiomas preferiblemente endebles.
–De entre las cosas interesantes que nos han ocurrido como especie – comenzó Zera a exponer–, mi momento favorito fue cuando la física rompió sus barreras y cuando la ley de Itak fue demostrada tanto hipotético-deductivamente como, unos años más tarde, empíricamente. No nos bastaba con reformular un problema en base a nuevas hipótesis, se trataba de reformular las estructuras mentales a través de las cuales accedes al hecho. Se trataba de manipular y adaptar a cada situación la naturaleza de los datos con los que la física había trabajado tradicionalmente.
Los siete niños esperaron un par de segundos pensativos, después sonrieron.
–¿Con qué compararíais el procedimiento? –preguntó Zera.
Nat y Sen se miraron y luego, con ojos brillantes, exclamaron:
–¡Con el pensamiento lateral!
–¡Ah…! –se sorprendió Jake al caer en la cuenta.
–¡Es verdad! –convino Penny.
–¡Jo, el pensamiento lateral…! –concordó Trish entusiasmada.
–¿Y con la poesía? –comentó Ling-Ling.
–Y con el arte en general, ¿no? –dijo Tal-Hesra.
–Sois los alumnos más listos del mundo, niños –afirmó su profesora.
–Eso se lo dices a todos –le reprochó Sen entre risas.
–Sí, pero no deja de ser cierto en cada caso –siguió Zera–. Y ahora, decidme, ¿qué momentos os gustan a vosotros?
Y ellos volvieron a pensar.