¡Entren en su blog de literatura cutre!
Sí, damas y caballeros, conservo escrupulosamente unos estándares de baja calidad a los que me debo.

sábado, 1 de julio de 2017

Blacksad


Blacksad:

La luz seguía colándose a través de las persianas.
El tráfico no se había detenido. Ni las protestas, ni las pancartas.
Y ella estaba tirada en el sofá intentando comprender la escena.
Aquél otro tipo estaba ahí, muerto y… sí, muy muerto en su salón, sobre los restos de la estantería de cristal hecha añicos. Y no era justo, le gustaba esa estantería. Además el cadáver había caído también sobre los restos de inocencia que le hubieran podido quedar. Y tampoco era justo, le gustaba la inocencia: no requería explicaciones. Sin embargo empezaba a sospechar que era como el cristal: si se rompía y si tenías el coraje suficiente, podías pegar los pedazos en un arduo y largo proceso, pero siempre sería un poco más difícil ver al otro lado.
A este lado, no obstante, había sangre sobre las luces LED y, a juzgar por el olor, heces.
Ella se había servido un vodka en uno de esos vasos cuadrados.
Los hielos flotaban, tintineando, y no tenía fuerzas para secarse las lágrimas.
Al parecer, si mucha gente piensa que eres un monstruo, no te queda más remedio que vivir una pesadilla.
Las pesadillas, claro, tienen una enorme ventaja sobre la realidad, sin importar lo terroríficas que sean: acaban, despiertas y después nada importa.
La humanidad era el problema, suponía, la humanidad negada a otra gente. Existe en este mundo una larga lista de personas que no son personas: como lo fueron los negros, las divorciadas, los criminales, los esclavos, los minusválidos, las prostitutas, los sin techo o los transexuales. Como ahora lo son aquellos que se parecen demasiado a un androide y demasiado poco a un ser humano.
Ella no tenía muy claro en qué consistía ser una mujer: simplemente había nacido y después todo había ido ocurriendo con bastante naturalidad. Sin embargo había mucha gente que insistía en que una mujer no podía ser lo que ella era y que la gente como ella simbolizaba el principio del fin de la especie.
Y el inconveniente de ser un símbolo es que no proporciona demasiado espacio para ser una persona.
Por otra parte ver la evolución pervertida en dogma dejaba un regusto amargo… aunque igual era el vodka.
Desgraciadamente nada de eso cambiaba el hecho de que un tío estuviera muerto en su puto salón.
Alguien llamó a la puerta.
¿Llamaría educadamente a la puerta una turba enfurecida a fin de que ella, confiada, abriera? Era un subterfugio básico que sólo requería un poco de coordinación, así que parecía improbable.
–Soy yo –dijo una voz de hombre alarmado al otro lado de la puerta.
–Eso dicen todos y suelen estar equivocados –respondió ella abriendo y preguntándose por qué demonios tenía una de esas puertas viejas con cerrojo.
Él se metió apresuradamente en la casa y cerró la puerta, aunque ésta estaba rota y se volvió a abrir.
Intentó decir algo pero parecía tener un nudo en la garganta al ver el estado del salón.
–¿Lo has visto? Tenía una pistola –dijo la mujer refiriéndose a su difunto asaltante, hacía gala de una extraña calma bajo las lágrimas, el rastro de la resignación al consumirse.
Él comenzó a hiperventilar, ella le sentó en el sofá con cuidado, la mujer después se derrumbó y vomitó.
–Estoy llamando a la policía.
–Tú mismo –consiguió decir ella a cuatro patas sobre la alfombra.
–Makár Ivánov… –se produjo una pausa–. Efectivamente… –otra pausa–. Sí, se ha producido un asesinato, el vídeo está circulando entre los manifestantes, ¿les paso una copia? Sí, sí… –ella siguió vomitando sonoramente–. Sí, es decir, no –seguía hablando Makár, pasándose el dorso de la mano sobre su frente sudorosa–, no, es la calle de al lado, pero la manifestación llega hasta aquí también –él le buscó un pañuelo con la mirada, pero le costaba centrarse. Tras unas palabras, cerró la conversación con la policía–. Deberías sentarte –se sorprendió a su mismo en su profesionalidad–, deberíamos calmarnos y pensar qué vamos a hacer. ¿Cómo estás…? Daria, no sé si entie… –él se detuvo en seco, perplejo–. ¿Estás borracha?
–¿Cómo voy a estar borracha? –le miró, incrédula, a su vez–. ¡Eres un jodido trabajador social, ¿es que no puedes ponerte en mi lugar?!–le espetó, indignada, él le miró en respuesta, visiblemente herido–. Perdona, no sé dónde están mis modales, ¿quieres un lingotazo? –dijo cogiendo la botella y meneándola.
–Gracias, sigo trabajando –y declinó la oferta con un gesto.
–¿Más gente con nano-máquinas o capacidades raras?
–No, un adolescente se ha fugado de la casa de sus padres, vive aquí al lado.
–¿Amor, drogas duras, emmm… unos progenitores ineptos aunque bienintencionados?
–Creo que esto entra en la categoría de amor. No es nada grave, no es como… –intentó buscar una frase carente de maldiciones, se decantó por– no es como esto.
–Ya, me han jodido la puerta y he tenido que... –ella empezó a sollozar, señalando al desafortunado sobre el cristal–. Hasta me tiemblan las piernas, pero… No sé, puedo tener un ataque de ansiedad o algo así y volverme histérica o… bueno, no tenerlo –resolvió.
–¡Aún puedes escapar, la policía puede protegerte y, además, te rebajarán la pena! –suplicaba él, afuera las sirenas empezaban a sonar distantes.
–Makár, agradezco tu ayuda pero, yo diría que esta mierda escapa un poco a tu preparación como vendedor de aspiradoras –ella miró a la calle: tres pisos más abajo la gente comenzaba a señalar su casa y a tirar cosas contra la entrada principal–. Ya está, tienen el vídeo, mucho estaban tardando, y la pasma no tiene efectivos suficientes ni para protegerte a ti, o igual los tienen, pero los políticos…
–Aún no han entrado… –comentó él, ella miró de nuevo a la calle para cerciorarse.
–Ahora sí –respondió Daria–. No seas tonto y sal de aquí –dijo, abriendo la ventana y arrojándose a la calle.
Cayó encima de alguien, escuchó un hueso roto y comenzó a correr embistiendo todo lo que encontraba a su paso.
Sólo veía una muchedumbre sin rostro, sólo oía imprecaciones e insultos.
Sintió sangre sobre sus nudillos al pegar puñetazos.
Esquivaba los golpes que se dirigían hacia ella, pero eran muchos, notó cómo el ojo de una mujer reventaba bajo su puño. Los que intentaban agredirla con las manos desnudas no volvían a hacerlo dos veces.
Escuchó tela rota, notó el desgarro del hilo sobre su piel, sintió frío.
Notó una mano cálida agarrándola de un brazo y después otras más. Otras manos se aferraron a su otro brazo, inmovilizándola.
Sintió miedo, no quería morir, no quería sufrir.
Aún podía pegar patadas, los impactos rompían costillas, cúbitos y tibias.
Alguien le abrió la cabeza con una barra de hierro y ella empezó a sangrar.
Y a gritar y a llorar de dolor y terror.
Makár consiguió abrirse paso entre la turba, la vio sobre el asfalto, en un charco de sangre. La estaban golpeando con la barra de hierro en el cráneo.
Sus ojos se encontraron.
Él la miraba, le hubiera gustado haber podido hacer algo.
Ella le miraba, le hubiera gustado decirle que había hecho cuanto había podido. Si vives una pesadilla demasiadas noches seguidas, puedes acabar convirtiéndote en un monstruo.
El mundo no era justo, sólo era un lugar lleno de excusas y gente perdida.