¡Entren en su blog de literatura cutre!
Sí, caballeras y caballeros, conservo escrupulosamente unos estándares de baja calidad a los que me debo.

viernes, 1 de junio de 2018

Life and a lover

Life and a lover:

            –… lo cual avalaría la teoría holográfica del universo –finalizó el profesor.
–¿Significa eso que, dentro de los límites de esta teoría, no podríamos dar una estimación aproximada del origen del universo, entendido como la totalidad de los universos existentes? –preguntó una de las estudiantes.
–Cada vez estoy más convencido, al contrario de lo que piensan nuestros amigos los filósofos… –hubo algunas risas entre el alumnado, muy esforzadas ante lo que no tiene gracia, de ésas que únicamente se escuchan en las universidades y en los departamentos de dirección de las grandes empresas, y que irritó en secreto al profesor–. Cada vez estoy más convencido, como decía, de que no hay ningún problema, al menos en física, a la hora de hablar de un presente infinito.
Sofie se despertó poco a poco. Se irguió lentamente, como una pantera entre la maleza, a fin de no llamar la atención del profesor, justo cuando éste daba por concluida la sesión.
No había sido casualidad: ya era toda una experta midiendo el tiempo desde la inconsciencia de los sueños.
Giró el picaporte para salir de clase: llegaba tarde a una cita.

Abrió la puerta, el vagón del tren no estaba apenas ocupado, un hombre abrió de golpe la puerta en el otro extremo y disparó, dando a un pasajero a su lado que leía el periódico y que se desplomó sobre del asiento de delante, ella cerró la puerta de golpe. Ahora no quería acción.
Un monje barría los pétalos rojos delante de la entrada del tiempo mientras ella veía el templo ser, sentada. Pero tampoco quería ese sosiego entre los caminos de los que estaban hechos las montañas.
Caminó un poco más y se aproximó a la terraza de algún bar en alguna plaza soleada. No era verano, era más bien la forma en la que recordamos su calidez durante los días de invierno. Agitó un vaso con hielos y le dio un sorbo a su refresco mientras el sol se derramaba sobre ella.
La vida y una amante.
Era lo único que anhelaba: sentir la ternura del mundo sostenida en una mirada jugando entre el deseo y el cariño. En el mundo real no podía dibujar con un pincel el olor de la piel de su amada después de hacer el amor, no existía frase alguna para decir su belleza sin nombre: su mente, cuanto había en ella, su inteligencia, sus talentos o su sentido del humor, no había letras que, al encontrarse, expresasen lo que sucedía en el corazón cuando reía o cuando apoyaba sus pechos en su espalda y la abrazaba convertida en la dulzura. Dos formas en una sola. Y las palabras del silencio se deslizaban por aquellos labios tan pegados a su cuello… Ansiaba el sabor de los besos de aquella llama onírica que una vez fue real en sus espirales.
Y soñaba con ella cada noche, sin embargo, lo hacía bajo el terror informe de las pesadillas y su crueldad.
Y era precisamente eso lo que quería investigar.
Se vistió de guerrera para hacer frente a la oscuridad y cruzar al otro lado.
Unos detectores antirrobo la flanqueaban y una caja registradora se veía unos metros más allá.
Un centro comercial se encontraba a su alrededor.
Los centros comerciales ya le parecían espeluznantes sin las sombras del horror puro acechándola y sin esa sangre cayendo por las columnas. De alguna forma le reconfortó la idea de que un centro comercial del terror era redundante y creyó que podría retener ese pensamiento como un talismán protector.
Aunque en apariencia un espacio grande y diáfano, los ángulos de las tiendas y las salas por las que pasaba se constreñían a ratos, cerrándose sobre su tórax todas las perspectivas y los puntos de fuga como puntos de sutura. Las paredes, al expandirse, tenían frases escritas que parecían robar la luz. Y ella sabía que no debía leerlas.
Las tétricas notas que dejaba en el aire una caja de música
sirvieron de telón de fondo
para un tiovivo que apareció como en medio de un bosque. Rompió el estruendo de los aplausos entusiastas de un público que no estaba ahí. La guerrera miró a todos lados, asustada, sin sentir a nadie a través de la negrura, después se acercó al tiovivo, furtiva.
Y se detuvo al verla: allí estaba su amada, tan lívida que parecía un cadáver mientras se deslizaba entre los caballos, vivos y heridos, y los barrotes que los atravesaban. Sus pálidas manos pasaban por sus crines ensangrentadas en una burla de la calma.
La guerrera se acercó a la muerta. La muerta la miró, gélida, y no dijo nada.
Y no ocurrió nada.
Sólo había silencio.
Y ella, la guerrera, se sintió sola y se sintió estúpida.
Detenida ante un cristal de indiferencia pura que no podía atravesar.
Y la eternidad se detuvo ante su soledad, degustando el momento, como una depredadora infinita del rechazo.
Las risas de desprecio del público nacieron en un estruendo que en seguida se tornó ensordecedor, inundaban su cabeza, la ansiedad que se ahogaba en sus pulmones retumbaba entre su miedo y su sufrimiento, y el desdén se clavó en cada uno de sus temores.
Sofie tiró su espada y se aferró las sienes mientras gritaba de dolor en el corazón.

–¡Despierta, Sofie!
–Mierda… –su labio temblaba, notaba sudor frío en su nuca, estaba decidida a no llorar.
–Espera, ¿he hecho mal en despertarte? –se apresuró Miguel, suspicaz.
–¿Qué…? No… es sólo… mi investigación no avanza, tío.
–Oye…. ¿y no has pensado buscarla en tus sueños? Ya sabes… en vez de… en vez de en tus pesadillas… –se aventuró él.
Ella se levantó del sofá, intentando poner su cabeza en orden.
–Agradezco mucho tu ayuda, pero algo me dice que… que no tenía que haber parado aquí –él no supo interpretar demasiado bien qué había querido ella decir con esa frase.
–No te preocupes, la próxima vez pondré toallas –probó a decirle.
–¡Joder, que llego tarde! –exclamó ella mirando el reloj.
–Te has juntado demasiado con españoles –afirmó su amigo desde la puerta, mientras ella se iba.
–¡Muchas gracias, tío! –consiguió decir ella al marcharse, profundamente agradecida.

Quizás estaba buscando en el lugar equivocado.
La conexión… ¿tal vez estaba en los sueños? ¿En los sueños bonitos?
¿Acaso se encontraba en todas partes…? Debía acudir a esa cita, aunque tal vez aquella decisión no tuviera ningún sentido.
Quizás nada de lo que hacía lo tenía y tan sólo estaba perdida, luchando por entender un mundo tan desquiciado como ella.
Si bien crecía en ella la intuición de que en el mismo núcleo del caos se hallaba la calma.


martes, 1 de mayo de 2018

La rapiña y el sol


“Anyway, it's like with bikes,' said the first speaker authoritatively. 'I thought I was going to get this bike with seven gears and one of them razorblade saddles and purple paint and everything, and they gave me this light blue one. With a basket. A girl's bike.'
'Well. You're a girl,' said one of the others.
'That's sexism, that is. Going around giving people girly presents just because they're a girl.”
(Good Omens)
TERRY PRATCHETT & NEIL GAIMAN.

Para Eileen.

La rapiña y el sol:

Mara contaba los segundos en penumbra, sentada en el suelo y apoyada distraídamente contra la pared. Otras tantas delincuentes a su alrededor compartían su destino por delitos menores o mayores.
Los últimos rayos del sol vespertino se abrían paso a través de una rejilla en el techo y caían sobre la puerta oxidada de la celda.
Ésta se abrió de golpe y arrojaron a una chica desnuda, se despellejó las rodillas y los codos contra la piedra.
Mara la contemplaba: la chica no parecía comprender demasiado bien dónde estaba. La pobre se acuclilló en una esquina y se quedó llorando como un niño perdido en el bosque.
Tras unos minutos de llantos se levantó, intentando recomponerse, cogió un trozo de arcilla blanquecina del suelo y comenzó a anotar cosas sobre la herrumbre de la puerta. Parecía un fantasma errático, alguien venido de otro mundo.
Y todos los ojos la miraban, brillantes: ahora tenían a quién castigar por su suerte.
Sin embargo los ojos de Mara observaban sólo lo que aquella extraña estaba escribiendo:

La libertad es un proyecto continuo: cuando llegamos a un escalón, luchamos por alcanzar el siguiente, porque ésa es la única garantía de nuestros derechos en un mundo en discordia. La libertad tiene sus límites, por supuesto, y en muchos casos éstos toman la forma de cuatro paredes húmedas y proponen la palabra como culpable ante la ley.
En este paraje de censura las mujeres somos sombras al caer la noche, sueños de musas o brujas, ni siquiera necesitamos grilletes. Por eso se hace crucial reflexionar acerca del poder que siempre nos han negado y nunca hemos exigido.

Aisling hasta hacía bien poco, y pese a su corta edad, había sido propietaria de una imprenta y siempre había cargado con su condición de mujer a la espalda: mero reflejo de la de aquellos hombres que la habían protegido, muy generosos, y que le habían permitido hablar sobre su propia realidad. Siempre había sido “hija de…”, más tarde “mujer de…”, y ahora “viuda de…” –muy joven, sin descendencia, huérfana desde hacía dos meses debido a la peste– y, por tanto, vulnerable y desvalida, y en consecuencia, desposeída y silenciada.
Efectivamente, la imprenta de Aisling había sido clausurada por las instituciones de poder, que consideraban necesario poner coto a la libre divulgación de ideas sediciosas o inmorales. Ella, por su parte, había sido detenida, juzgada y enviada a prisión. A lo largo y ancho del reino se estaba llevando a cabo una agresiva campaña de expropiación a fin de que el nuevo invento pasara a ser monopolio de la aristocracia más afín a la corona.
La porcelana, las atenciones y las copas de cristal habían sido sustituidas por un hedor insoportable a heces y orina, y el dolor de una piel que nunca antes había sido herida por otros.
Y en esos momentos de ausencia y desconcierto Aisling estaba redactando, tiza en mano, aquel breve fragmento de su obra más reciente, La rapiña y el sol. No obstante, apenas sí podía escucharse pensar por encima del murmullo que iba creciendo en intensidad y virulencia detrás de ella. Los gestos se volvían más violentos, los gruñidos, más guturales; todas las miradas se clavaban en Aisling entre palabras que no sabía comprender. Y el miedo comenzaba a abrirse paso entre su recelo.
Esas pequeñas bestias, desnudas como ella, pugnaban por rebasar su cintura, las más grandes le llegaban a la altura del pecho, pero la superaban en número y eso no dejaba de ponerle nerviosa. Nunca las había visto tan asilvestradas, sin amos ni autoridad. Los vrashaia parecían alimañas: peludos, feroces, con grandes orejas en punta, garras –arrancadas debidamente en la mayoría de los casos– y costumbres primitivas.
Uno de ellos señalaba a la pared en la que Aisling había escrito y empujaba a dos de los suyos hacia atrás, mientras gritaba y le gritaban, y se situaba entre la humana y esa turba de criaturas, con los brazos extendidos, para impedirles el paso. Otro, el más grande de entre todos ellos, pareció ponerse de lado de su improvisado guardián.
–¡Guardias! –gritó Aisling cuando se le acabó la paciencia–. ¡Guardias! –echó un rápido vistazo hacia atrás, reparando en que uno de los que había sido repelido por su defensor tenía ahora una arañazo en el hombro y estaba sangrando–. ¿Guardias…?
–Estás a salvo, creo –le dijo su protector, tenía una voz bastante aguda y sonaba muy dulce. Éste se giró para mirarla y Aisling se percató de que era una hembra: su rostro tenía facciones suaves y el vello que lo cubría era fino y muy corto, de hecho, se dio cuenta de que todas eran hembras–. Mi nombre es Mara y yo siempre he tenido unos grilletes –declaró, pareciendo más entretenida que contundente–. ¿Estás en el trullo por escribir eso?
La joven humana intentó procesar la situación, pero sus diez y tantos años de conciencia de clase y buenas maneras no acababan de asimilar el exceso de confianza.
–S-sí –logró decir, incrédula. En cualquier otro contexto y con toda probabilidad, que una vrash le hubiese hablado de forma tan espontánea a una humana habría implicado un severo castigo corporal.
Venn sevshek leesrisgven hima tükale vrashö –le dijo Mara a sus gentes.
¡Na fe spella sevshka, Mara! –le increpó una de las vrashaia en desacuerdo, y otras tantas aullaron más mensajes que no sonaban en absoluto amables.
¡Niesa skenair! –escuchó Aisling en varias bocas llenas de desprecio.
¡Si nemr nase fe spellra seda kalashirel malel –exclamó Mara, autoritaria–, nemr rraglanne sevshkür lo venne parsä nikava fe, kasärrai attan sarhen! ¡Enai vrashaia, umanaia, niesa leesrüvra, nim dem hara giulevra! –afirmaba, apuntando con una mano a la humana y llevándose la otra al pecho para señalarse a sí misma–. ¡¿Akalla?! ¡Shavenne: na spella shelaan vennava tahäria si vennei aiashlei na naala!
¿Sörgürrha varenn nagash ned nella oga tükalei aiashlei? –inquirió una voz, era Iiölani, la que había tomado partido a favor de Mara. Y no había mundo que pudiera contener la barbilla de Aisling en caída libre: nagash ned nella, por proferir ese insulto, a esas criaturas se las condenaba a muerte sin excepción.
¡Na fe nagsha ned nella! –aseveró Mara, beligerante–. ¿Morirías por tus palabras? –le tradujo con una sonrisa inocente.
–S-sí –tartamudeó Aisling, entre la duda y la cautela, pensando que a fin de cuentas ya había sido arrestada por expresar sus ideas. El ambiente pareció relajarse, si bien las discusiones siguieron en pequeños grupos, aún bastante airadas.
–Es bueno saberlo: yo diría que alguien quiere verte muerta, humana. Esa tía de ahí, por ejemplo –dijo Mara, animada, hablando a toda velocidad y señalando hacia la que había herido en el hombro–, pero estoy bastante segura de que alguien poderoso también, verás… no sé si lo has notado, pero no hay guardias patrullando por los alrededores. Sin embargo hay algo que juega a tu favor.
–Dime, pues –solicitó la humana, vacilante–, ¿qué nivela la balanza de mis infortunios?
–Yo diría que eres la clase de persona que sabe escuchar a los demás –le dijo Mara en tono cómplice, la tomó después de las manos y se la llevó a la esquina más alejada para comenzar a hablarle en susurros–. Estoy siendo educada con mi gente, nuestro oído es muy fino: todas esas veces que le has dicho a tu nodriza que tus enaguas sólo se levantaron hasta el tobillo, las mantuvimos en secreto –Mara le sonrió con la travesura en la comisura de los labios, sin embargo, la sonrisa con la que respondió Aisling no parecía tan divertida.
–Cambia tus enaguas por unas calzas de varón, que no son las primeras nada a lo que yo le dé uso –aseveró Aisling, algo seca–. Es decir… cuando voy vestida –añadió con timidez.
–Eres una chica. ¿Nunca has llevado? –preguntó Mara, sorprendida.
–Sí, pero sólo porque, contando cinco años de edad, todo el mundo a mi alrededor parecía saber qué significaba ser una niña de cinco años.
–Y no era el caso –acordó la vrash. Mara quería tender puentes, a veces pensaba que su problema es que quería construirlos y cruzarlos a toda prisa, y es un poco engorroso cuando te ves al otro lado del abismo, bastante sola y dándote cuenta de que todos los que están en el lado opuesto llevan antorchas. Pero es que los puentes son lo primero en caer, por eso hay que intentar no estar encima de ellos cuando ocurre.
–Soy un ser humano… –se encogió Aisling de hombros–. Con cinco años sólo deseaba comer tostadas con miel y correr por el bosque.
–¿Eso es lo que hacéis los humanos?
–Es… lo que hacía yo –afirmó, algo insegura.
–También yo –le sonrió Mara de nuevo, soñadora–, esto… al menos si eres flexible con la palabra tostada –una sonrisa más, de esas que transmiten una inmensa calma–. ¿Sabes?, muchos vrashaia os detestan y desearían clavar vuestras cabezas en una pica, bueno… en una pica por cabeza, supongo. Afortunadamente para ti no todos somos iguales, es precisamente por eso que algunos comprendemos que no todos sois iguales. Odiar a un grupo entero es fácil, odiar a cada persona, una a una, es aún más estúpido –tras decir esas palabras, volvió a alzar la voz–. Pero tú escribes por nosotras. Y nosotras estamos jodidas, vengamos de donde vengamos, ¿sí?
–Estamos jodidas, ciertamente –apostó Aisling, dejándose incluir dentro del grupo de las reclusas.
–¡No estamos! –gritó una vrash llamada Mirel de entre la multitud.
–¡Sí lo estamos! –insistió Mara con energía–. ¡Hemos sido condenadas a morir a base de trabajos forzados, ioban ss rrotar!
–¡Vale, sí lo estamos! –Mara miró inquisitoriamente hacia el grupo de vrashaia en busca de una respuesta con sentido–. Es que… no soporto dar razón a humano… –se explicó su improvisada interlocutora y casi todas se rieron, Mara incluida. No se molestaba en disimular cuantísimo disfrutaba de aquella situación.


Y, de alguna manera, el plan había funcionado: para entonces el ambiente parecía haberse calmado casi por completo, pese a la desconfianza que Aisling, evidentemente, seguía suscitando.
–No te lo tomes de forma personal –le pidió Mara–, estamos un poco tensas, pero es sólo porque hemos estado a punto de matarnos un par de veces esta tarde.
–Ah.
–No eres una mujer de acción, ¿las? –dijo Mara mirándola desde ahí abajo.
–No… no demasiado.
–¿Cómo te llamas? –aquella pregunta la tomó desprevenida, quizás porque, sintiéndose a salvo de nuevo y, por ende, entre inferiores, le chocaba que una vrash le hablara de forma tan directa. Sin embargo, trató de centrarse al reparar en los impacientes gestos de ánimo de Mara, los cuales la devolvían a la realidad de la prisión:
–Aisling.
–Bien, Ashling, conozco a alguien que nos va a ayudar, ¿ves la abertura del techo?
–Sí. Casi… casi alcanzo a rozar los barrotes –declaró la humana estirando los dedos.
–Ya, ya, siéntate –dijo llamándola con un gesto–. Mira, el plan es que nos fuguemos todas de aquí, y doy por sentado que estás dentro... del plan –puntualizó.
–Las alternativas no parecen halagüeñas –admitió Aisling.
–Fantástico –dijo Mara frotándose las manos–. Éste será nuestro curso de acción: un tipo muy majo nos va a tirar un tornillo, mucha cuerda y una daga, abriré la puerta antes de que empiece el cambio de turno y nos moveremos rapidito y todas seguiréis mi ritmo y buen hacer –no varió el tono ni la vertiginosa cadencia de su discurso y se mantuvo mirando a Aisling, sabiendo que sus palabras llegaban a todos los oídos–. No queremos cruzarnos con la guardia y sus espadas, y mucho menos con sus ballestas ni sus mosquetes, así que, en caso de ver a alguno, ya sabes: unos “buenos días”, una reverencia y una sonrisa. Piénsalo, son dieciocho sonrisas, eso le tiene que derretir el corazón a cualquiera. Si por algún casual esta táctica no funcionara, no tendremos más remedio que afrontar la muerte sin dignidad y echarnos a correr como locas mientras intento que la daga parezca amenazadora, no sé, tal vez en proporción... –musitó examinando su menudo cuerpo de vrash–. Total, que, si todo va bien, o no nos descubren, o sólo tengo que matar a un par de guardias, luego bajamos por un acantilado muy jodido con ayuda de la cuerda que está por llegar y abajo ya nos esperan un par de balsas anémicas en las que confío que salgamos las dieciocho prisioneras, lo sé, soy genial, pero no me des las gracias aún –Aisling intentó ahogar sus risas–. Las primeras en usar la cuerda son Alta y Fael, las niñas pequeñas que ves ahí –dijo haciendo un abanico con el brazo para señalárselas–, ésas son las normas. Algunas de las chicas no tienen garras porque sus amos se las extirparon, a otras se las arrancaron al llegar aquí. Las pocas que aún las conservamos tuvimos que hacer maravillas para ocultarlas, recortándolas, por supuesto, y sólo porque sabíamos que acabaríamos camino de las galeras, las canteras o la hoguera. En cualquier caso nosotras, que aún tenemos con qué escalar, bajaremos las últimas, por si las cosas se tuercen. Si alguna de vosotras intenta hacer algo raro cuando estemos ahí arriba, os recomiendo que seáis extremadamente rápidas, de lo contrario os mataré, y que no se os ocurra tocarles un pelo a las niñas. Ashling, deja de mirarme así –exhortó Mara–, te estoy explicando todo esto porque, a fin de cuentas, alguien ha sobornado a la guardia para que no patrullen esta área, supongo que con la esperanza de que te descubran muerta tras el cambio de turno, lo cual significa que, quieras o no, nos estás ayudando, y eso va para todas –aclaró, firme, meneando una oreja–, la humana nos ayuda. Y, tú ya lo has dicho, tampoco tienes opciones, ¿sí?
–¿Cómo haces para hablar tan rápido…? –interrogó Aisling, impresionada, y luego trató de regresar al discurso–. Tu gente…
Mara suspiró hondo, algo crispada, antes de interrumpirla.
–Aquí hay de todo –le dijo–, desde chicas a las que sus amos maltrataron y que intentaron resistirse hasta asesinas: no son mis amigas, sólo estamos aquí.
–¡Eh, que yo sólo había salido a hacer la compra! –se indignó una vrash que llevaba Aul por nombre.
–Lo cierto es que muchas habéis sido aquí retenidas por el único crimen de vuestra condición –adujo la humana.
–No te apiades de nosotras –demandó la gran Iiölani, hablando con un acento tan fuerte que Aisling tuvo dificultades para entenderla.
–Vuestro destino es la subordinación o el castigo –insistió la humana, tratando de no parecer amohinada.
–También el tuyo –respondió Mara, irritada–, sólo que tu celda es de oro y tiene el desayuno incluido. Esto… –miró a su alrededor con cara de circunstancias– ahora no, claro.
–Ya había comprado las zanahorias, no creas… –puntualizó Aul.
–Alguien habría de alzarse en pro de los desfavorecidos –alegó Aisling.
–La solidaridad es como el horizonte: todas las partes están al mismo nivel. Pero tu propuesta es sólo otra forma de conquista –dijo Mara.
–Entiendo lo que quieres decir –siguió Aisling–, me dices que esa ayuda que pretendo dar no es sino la misma que le presta el hombre a la mujer para retenerla en el poder del engaño y el vasallaje.
–¿Quiero decir eso? –se extrañó su interlocutora–. Oye, mira… si esto es muy sencillo, ¿puede una persona luchar por la gente? Pues me alegro de que me lo preguntes –se respondió teatralmente–. Lo malo de luchar por la gente es que, al final, una acaba luchando por ideas y no por personas: no queremos que los demás sufran y las ideas no pueden morir, dan seguridad, así que se convierten en la excusa perfecta para decirles a los demás qué pensar y cómo pensar: personas encadenadas a palabras, ¿sí?
–Iba yo andando por la calle y, ¡zas!, acabé aquí. Y las zanahorias a tomar por culo.
–Sin embargo no tenéis oportunidad, Mara –proseguía Aisling–. Somos señores dictando que vosotros sois esclavos… poco más que animales. Ríos de tinta aún por secar se han escrito culpándoos de vuestras desgracias, así como exculpándonos de las nuestras.
–A las bestias, los latigazos; a las brujas, las llamas; al enemigo, la espada –dijo Mara–. Separarnos del que matamos no es más que una excusa para creer que no somos unos monstruos.
–La moral es sólo una forma refinada de intolerancia –resolvió la humana y la vrash soltó una carcajada en respuesta antes de contestar:
Ashling, ya no sé si la gente es buena o mala, sólo sé que está en bandos distintos y nunca es el mío.
–La gente no sé –intervino Iiölani–, pero los humanos son una panda de hijos de puta como ellos solos…
–¿Y de verdad creéis que a través de la palabra vais a conseguir que os miren con otros ojos? –Aishling se dirigía a Mara, pero no tuvo el valor de ignorar a Iiölani, a pesar de que no la había entendido del todo.
–Ni de coña –admitió Mara con una sonrisa dulce–, pero nosotras somos libres, ¿sí? –dijo riéndose.
–¡Y tenemos aspiraciones! –gritó una, a la que decían Shiaril.
¡Täänai, täänai! –clamó otra, llamada Iaashen.
–¡Si miatter satah! –añadió Mirel, la humana no sabía lo que había dicho, pero muchas vrashaia soltaron una carcajada satisfecha.
–¡Y hambre! ¡Tenemos hambre! –dijo Alta con su aguda vocecita de niña, algunas vrashaia, entre las que Mara se contaba, se rieron, divertidas.
Mara se dio unos segundos antes de continuar:
–En fin, retomemos el asunto de bajar por un acantilado, al que, créeme, no le caes nada bien –dijo dirigiéndose a la humana–. Estamos hablando de un descenso en plena noche… En el peor de los casos, mi gente ve muy bien en la oscuridad, pero no hay forma de que tú bajes por el precipicio sin ayuda de un arpeo, aunque sea de baja calidad, y aterrices cuando te lo has propuesto, bajarás con las niñas y cuidarás de ellas –a juzgar por los gruñidos y los intercambios en aquel idioma incomprensible, no todo el mundo estaba de acuerdo con que una humana estuviera al cargo de dos crías vrashaia–. Y, vosotras –dijo ahora refiriéndose al resto–, no quiero discusiones sobre el tema –Aisling se sabía testigo de un espectáculo insólito, a Mara, por su parte, no parecía suponerle gran cosa darle órdenes a una humana ni a quien fuera–. Hagamos un trato: después de la fuga no tengo a dónde ir y necesito ropa, sólo eso y una cama por una noche. ¿Tienes casa? ¿Podemos ir allí?
–Podemos. Por lo que me han hecho saber, mi residencia ha sido registrada ya por la milicia, probablemente se hayan dedicado al pillaje, habida cuenta de que el objetivo de mi internamiento es que éste dé lugar a mi ilegal ejecución. Sea como fuere, lo que quede de mi hogar se encuentra en la aldea de Bré, de modo que habremos de caminar en este lamentable estado en que nos hallamos hasta más allá del bosque, la travesía no será sencilla ni digna.
–Bien, eh… lo que tú digas. Iremos a Bré bosque a través, deberíamos llegar al amanecer. Hace suficiente calor como para no morir congeladas en la noche.
–Una vez hayamos ejecutado el plan de fuga, me llevaré a las pequeñas conmigo –decretó la joven humana.
–No podrás quedarte en tu casa por mucho tiempo… –el color verde de los ojos de Mara comenzaba a refulgir entre las sombras.
–Conozco a un gentilhombre… –empezó Aisling a decir–. Mi tío Aedan, me proporcionará asilo. Vive cerca de Dun Bealach, en la región de Gailimh, donde las leyes son distintas…
–…y desde luego que no puedes llevarte a alguien como si estuvieras eligiendo unos zapatos a juego con tu sombrero. Ellas irán a donde deseen.
–Debes excusarme, hasta hace apenas unos segundos ignoraba que tuvierais aspiraciones.
–¿Eso es sarcasmo? –curioseó Mara, entrecerrando los ojos con una suspicacia divertida–. Me gusta, pero no lo vayas diciendo por ahí.


Aisling miró pensativa a las dos pequeñas: había entre ellas cierta diferencia de tamaño, la mayor llevaba a la más joven de la mano y parecía estar diciéndole palabras de ánimo, ésta última llevaba unos vendajes precarios alrededor del torso y el brazo en cabestrillo.
–¿Qué percance pudieron ocasionar unas niñas que mereciera tal escarmiento? –quiso saber la humana, sin poder evitar compadecerse de ellas.
–Cogieron un juguete en el jardín de su casa y jugaron con él, ¿terrible, verdad? –le dijo Mara al oído, mirando a las pequeñas–. El juguete era del hijo de su señor.
–Alta y Fael serán, pues, las primeras en bajar –sentenció Aisling.
Mara decidió pasar elegantemente por alto su muy humana tendencia a dar órdenes y a creer que estaba al mando, y siguió hablando:
–Tú ayudarás a Fael, a ella la descubrieron con el juguete en las manos y le dieron una paliza y tres latigazos, es una niña pequeña, es sorprendente que haya aguantado tanto. Ahora está muy débil y tiene un brazo y un par de costillas rotas, no sé si lo va a conseguir. Alta, afortunadamente, sólo estaba junto a ella, así que simplemente le dieron un par de latigazos, es más mayor y se está recuperando muy bien, es fuerte y tiene muy buena salud. Recemos por que el mar esté tranquilo. ¿Sabes nadar?
–Sí.
–Bien. Antes muerta que en la puta galera –Mara resopló, abrumada por la hazaña que se proponía llevar a cabo.
–Desconozco por qué confías en mí –confesó Aisling, vacilante.
–Por esto –respondió Mara, volviéndose hacia Fael y Alta y llevándolas ante Aisling. Fael, en particular, parecía estar a punto de llorar de terror, era muy pequeña–. Ella también tiene miedo, Fael –le dijo Mara a la niña–, ¿te acuerdas de todo lo que ha llorado al llegar? También han sido malos con ella, ¿sabes? –le dijo con la suavidad de una madre–. Ve a hablar con ella, venga, que no muerde.
Fael se tranquilizó un poco al cabo de unos segundos:
–¿Por qué han sido malos contigo? –preguntó la niña llanamente, una vez hubo desterrado el miedo de su corazón.
–Les incomodan mis palabras: condeno los privilegios de aquéllos que nos hacen sus esclavas –titubeó Aisling, pensando que quizá no se comunicaba demasiado bien con los críos.
–Les dice a las gentes que lo justo es que las mujeres tengamos el mismo poder que los hombres y, por lo que sea, a los hombres no les gusta –les aclaró Mara.
–¿Hablas por las mujeres, por todas? –intervino Alta, sin llegar a creérselo.
–¿Por las vrashaia también? –inquirió la pequeña Fael llena de ilusión.
Las –respondió la humana, aunque no era cierto. Hasta esa tarde los vrashaia nunca habían significado absolutamente nada. Y, en otro orden de cosas, ella no podía hablar en nombre de todas las mujeres: no podía ir por ahí pensando que las mujeres eran de una determinada manera, principalmente porque ésa era la postura a la que se enfrentaba. Tal vez fuera demasiado joven para esas consideraciones pero, hasta donde ella sabía, la gente que busca la verdad suele encender una llama en las tinieblas, mientras que aquéllos que la han encontrado suelen juntar un buen montón de leña para prenderle fuego a algún otro.
Ashling es una luchadora –convino Mara, que, desde que viera sus palabras en la pared, no había parado de pensar en una serie de propuestas que hacerle, las cuales pasaban por redactar a cuatro manos y reajustar y ampliar algunos conceptos–. Echadle un vistazo a lo que ha escrito, ¿lo entendéis bien?
Las niñas negaron, meneando la cabeza, pero miraron a Aisling como se mira a los héroes.

Las imágenes pertenecen, por orden, a:

Wespenfresser

Sharandula (Elena Berezina)

domingo, 1 de abril de 2018

Cordura

Cordura:

El siglo XIX no parecía tan distante cuando era niña y, por eso, cuando me resguardaba del mundo en mi soledad, bajo la sombra de los árboles del jardín de aquella casa de verano que parecía menos tenebrosa al inclinarse ante el sol, me parecía que así era como debían haber hecho las muchachas hacía cien años, pensando que el amor debía de tener por fuerza un olor parecido al de las páginas de un libro olvidado o al de las hojas en otoño. Palidez, soledad, sueños y cabello oscuro, no dejaba de pensar en mí misma como en un personaje más mientras leía a un Aleksandr Pushkin advirtiéndonos de que estaba muy de moda caer perdidamente ante vampiros, piratas y canallas.
Cuando me enamoré de mi compañera de clase comprendí por fin que era la dulzura de las flores lo que me esperaba entre dos piernas en las que sumergirme, descansar y besar. Y, cuando un año después sus padres se mudaron a Francia y nosotras perdimos el contacto en una época en que no todo el mundo tenía un teléfono móvil y en la que, todavía a veces, para marcar el número de otra casa una tenía que dibujar un círculo con el dedo –una época en la que dos chicas no podían ser ternura en los parques–, comprendí que el desamor era peor incluso que las noches en vela, siervas del temor a no ser correspondida.
La despedida fue vergonzosa… Recuerdo que dije tantas estupideces, llena como estaba de esa furia egoísta que llega a apropiarse del amor en una impostura y lo devora, que no pude más que indignarme con todo cuanto me rodeaba porque enfadarme conmigo misma hubiera sido despiadado. Fui cruel con ella, reprochándole lo imposible, recriminándole mis miedos como la cría que era, y lloré. Lloré hasta que las lágrimas de rabia se ahogaron en las de tristeza.
La sabiduría no tiene más remedio que echar de cuando en cuando la vista atrás y observar horrorizada los errores sobre los que ahora se yergue en su amarga victoria.
Cuando empezó el siglo XXI el sexo de los sesenta consiguió alzarse por fin y llenó las discotecas y los bares: nadie se sentía mal por algo tan inocuo como el placer de la mente bajo cada milímetro de piel, por lanzarse al vacío en una ascensión, aferrándose al cuerpo de otra persona, y hacer de la tierra los mismísimos cielos.

Sin embargo el tiempo nos retiene contra la memoria y mi historia es tan triste como otra que a mí me contaron en uno de mis viajes: una chica, el día de su boda, aún preguntaba sobre su primer amor cuando doblaban las campanas y volaban las palomas, confundida por una libertad incomprensible y en medio de una dosis de implacable realidad.
Por mi parte, apenas supe sobreponerme a esos cuentos espantosos que nos prometían la vida y el gozo compartidos junto a una persona única para nosotros y así, atrapada en la ironía, hice daño a alguien a quien quería por no saber trazar mi camino con valentía.
Y recordaba las noches de mi adolescencia en las que era incapaz de dormir por soñar despierta a la única persona a la que había sabido entregarme y recordaba los días en los que rezaba por verla solo un momento, vagando por los pasillos de ese infierno en que aprendíamos a despreciar la imaginación en un pupitre. Y en ese pasillo esperaba un “hola” por su parte o incluso un “adiós” y una sonrisa.
De alguna manera era triste y sencillo: si me daba una palabra, yo cubría cada letra de besos y cariño.
Y hoy –me decía a mí misma–  casada con quien quiero pero no amo, ¿dónde está mi pecho ardiente? ¿Dónde mis mejillas encendidas?
Y no dejaba de pensar: ¿para qué está la costumbre, si no es para que nos olvidemos de la felicidad?

No obstante, desde hacía algunos meses había reparado en algo: parecía una astilla diminuta tras cada uno de mis pensamientos, era algo que empequeñecía, menoscababa, envilecía todo cuanto podía yo llegar a ser.
Ahora estoy en esta vieja casa otra vez con una joven mezcla entre papillón y pastor belga y reflexiono sobre mis propios pensamientos. ¿Quién no leería en ellos una voz de alarma o los indicios de una vida miserable?
¿Qué hay de resguardarse como si el mundo fuera a dañarme? Al menos supe verdecer mi propio mundo.
Y, ¿por qué el amor debía estar marchito? Al menos llegué a comprender que era un perpetuo brotar.
Y, ¿decir estupideces, qué clase de joven puede ser una si no se equivoca? Porque, ¿qué clase de adulta puede ser una si no se equivoca?
Y, ¿acaso es amarga una victoria que nos hace mejores? ¿Y por qué iban a ser terribles los errores si son sólo la otra cara del acierto?
No sabemos si es triste una historia hasta que acaba y podemos juzgarla, ¿a qué tanta prisa, corazón mío, por saber el desenlace? Respira tus bosques y camina por el cielo.
Si mi mente había sido una cárcel era sin duda porque yo había sido el carcelero.
Perdida, como estaba, en esas consideraciones, mirando por la ventana a esos campos que se dejaban caer por la ladera de la montaña, mi perra me sacó de mi ensimismamiento: estaba ladrando y persiguiendo algo ahí fuera, entusiasmada.
Así que salí para acompañarla.
Y creo que fue entonces cuando vi al hada.