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Sí, damas y caballeros, conservo escrupulosamente unos estándares de baja calidad a los que me debo.

domingo, 1 de abril de 2018

Cordura

Cordura:

El siglo XIX no parecía tan distante cuando era niña y, por eso, cuando me resguardaba del mundo en mi soledad, bajo la sombra de los árboles del jardín de aquella casa de verano que parecía menos tenebrosa al inclinarse ante el sol, me parecía que así era como debían haber hecho las muchachas hacía cien años, pensando que el amor debía de tener por fuerza un olor parecido al de las páginas de un libro olvidado o al de las hojas en otoño. Palidez, soledad, sueños y cabello oscuro, no dejaba de pensar en mí misma como en un personaje más mientras leía a un Aleksandr Pushkin advirtiéndonos de que estaba muy de moda caer perdidamente ante vampiros, piratas y canallas.
Cuando me enamoré de mi compañera de clase comprendí por fin que era la dulzura de las flores lo que me esperaba entre dos piernas en las que sumergirme, descansar y besar. Y, cuando un año después sus padres se mudaron a Francia y nosotras perdimos el contacto en una época en que no todo el mundo tenía un teléfono móvil y en la que, todavía a veces, para marcar el número de otra casa una tenía que dibujar un círculo con el dedo –una época en la que dos chicas no podían ser ternura en los parques–, comprendí que el desamor era peor incluso que las noches en vela, siervas del temor a no ser correspondida.
La despedida fue vergonzosa… Recuerdo que dije tantas estupideces, llena como estaba de esa furia egoísta que llega a apropiarse del amor en una impostura y lo devora, que no pude más que indignarme con todo cuanto me rodeaba porque enfadarme conmigo misma hubiera sido despiadado. Fui cruel con ella, reprochándole lo imposible, recriminándole mis miedos como la cría que era, y lloré. Lloré hasta que las lágrimas de rabia se ahogaron en las de tristeza.
La sabiduría no tiene más remedio que echar de cuando en cuando la vista atrás y observar horrorizada los errores sobre los que ahora se yergue en su amarga victoria.
Cuando empezó el siglo XXI el sexo de los sesenta consiguió alzarse por fin y llenó las discotecas y los bares: nadie se sentía mal por algo tan inocuo como el placer de la mente bajo cada milímetro de piel, por lanzarse al vacío en una ascensión, aferrándose al cuerpo de otra persona, y hacer de la tierra los mismísimos cielos.

Sin embargo el tiempo nos retiene contra la memoria y mi historia es tan triste como otra que a mí me contaron en uno de mis viajes: una chica, el día de su boda, aún preguntaba sobre su primer amor cuando doblaban las campanas y volaban las palomas, confundida por una libertad incomprensible y en medio de una dosis de implacable realidad.
Por mi parte, apenas supe sobreponerme a esos cuentos espantosos que nos prometían la vida y el gozo compartidos junto a una persona única para nosotros y así, atrapada en la ironía, hice daño a alguien a quien quería por no saber trazar mi camino con valentía.
Y recordaba las noches de mi adolescencia en las que era incapaz de dormir por soñar despierta a la única persona a la que había sabido entregarme y recordaba los días en los que rezaba por verla solo un momento, vagando por los pasillos de ese infierno en que aprendíamos a despreciar la imaginación en un pupitre. Y en ese pasillo esperaba un “hola” por su parte o incluso un “adiós” y una sonrisa.
De alguna manera era triste y sencillo: si me daba una palabra, yo cubría cada letra de besos y cariño.
Y hoy –me decía a mí misma–  casada con quien quiero pero no amo, ¿dónde está mi pecho ardiente? ¿Dónde mis mejillas encendidas?
Y no dejaba de pensar: ¿para qué está la costumbre, si no es para que nos olvidemos de la felicidad?

No obstante, desde hacía algunos meses había reparado en algo: parecía una astilla diminuta tras cada uno de mis pensamientos, era algo que empequeñecía, menoscababa, envilecía todo cuanto podía yo llegar a ser.
Ahora estoy en esta vieja casa otra vez con una joven mezcla entre papillón y pastor belga y reflexiono sobre mis propios pensamientos. ¿Quién no leería en ellos una voz de alarma o los indicios de una vida miserable?
¿Qué hay de resguardarse como si el mundo fuera a dañarme? Al menos supe verdecer mi propio mundo.
Y, ¿por qué el amor debía estar marchito? Al menos llegué a comprender que era un perpetuo brotar.
Y, ¿decir estupideces, qué clase de joven puede ser una si no se equivoca? Porque, ¿qué clase de adulta puede ser una si no se equivoca?
Y, ¿acaso es amarga una victoria que nos hace mejores? ¿Y por qué iban a ser terribles los errores si son sólo la otra cara del acierto?
No sabemos si es triste una historia hasta que acaba y podemos juzgarla, ¿a qué tanta prisa, corazón mío, por saber el desenlace? Respira tus bosques y camina por el cielo.
Si mi mente había sido una cárcel era sin duda porque yo había sido el carcelero.
Perdida, como estaba, en esas consideraciones, mirando por la ventana a esos campos que se dejaban caer por la ladera de la montaña, mi perra me sacó de mi ensimismamiento: estaba ladrando y persiguiendo algo ahí fuera, entusiasmada.
Así que salí para acompañarla.
Y creo que fue entonces cuando vi al hada.