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Sí, caballeras y caballeros, conservo escrupulosamente unos estándares de baja calidad a los que me debo.

domingo, 1 de julio de 2018

Invisible

Hola, soy Marta Roussel Perla, y soy autista, minusválida, mujer y trans, de modo que estoy bastante familiarizada con la discriminación, con el autoconocimiento y, ahora, también con la felicidad.

Invisible:

Éste no es un texto literario, sin embargo he tomado la decisión de escribirlo de todos modos, a pesar de que se trata más bien de una reflexión personal.
Empezaré con una frase que puede resultar sorprendente: soy invisible.
Voy por la calle y nadie me ve, me miro al espejo y no soy el reflejo. Recuerdo que siempre fue así, de niña era invisible también, aunque, como quería saberme una más, me decía: “tal vez mañana, tal vez mañana consiga verme en el espejo”, muy consciente de que aquello no podía ocurrir por arte de magia ni aunque yo creyera, como creo, en toda la fantasía de los sueños.
Nací como mujer transexual y no como hombre cisgénero, y eso que llaman transición es una quimera: yo no he sido ningún hombre que se convierte en mujer y no todas las personas trans sienten la necesidad de modificar su aspecto.
Por mi parte, me he criado y he crecido –angustiada por los cambios que en mi cuerpo tenían lugar– rodeada de gente que sabía que yo estaba ahí, pero no podía verme. A veces incluso me ocultaba un poquito deliberadamente, porque siempre me resultó evidente: si me dejaba ver, habría gente que querría hacerme daño. Cuando era niña ya había bastante gente que no era nada amable conmigo de todas formas… Reconozco que nunca me ha gustado ocultarme en sus frases o actitudes para sobrevivir, no obstante lo he hecho, he sido cobarde, y no me siento orgullosa. Y tengo muy buena memoria. Pero aún más imaginación.
La niñas y adolescentes trans podrán vivir una vida plena de mujer, yo he conocido ese privilegio masculino que se asienta en la dominación de otros desde bastante cerca, muy a mi pesar, mientras me prohibía ser y me convertía en nada.
Algunas personas dicen que esto se elige, pero, ¿por qué iba alguien a elegir algo así? ¿Por qué alguien querría pasar de ser una mujer invisible a una mujer invisibilizada? ¿Quién desearía la incomprensión, las posibles agresiones físicas y sexuales, el riesgo de asesinato porque algún imbécil quiere hacer de este mundo un lugar mejor, o un estigma que puede afectar a casi cualquier aspecto de la vida? Habrá que mantener al pobre patriarcado…
No obstante no le tengo ningún miedo a nada de eso porque quien se niega, niega también el mundo, convertida la mente en una trampa para sí misma.
Además, por lo que sé de los hombres, ninguno de ellos contemplaría jamás con buenos ojos, y estoy segura de que en ningún caso, renunciar a su pene. No sólo por el enorme valor simbólico que ellos le conceden (tamaño, frecuencia de uso, un hombre sin pene es poco menos que una mujer, un hombre es definido por su pene, todas las mujeres quieren pene, etc.), sino porque, alejándonos de esa metáfora de la masculinidad (que difiere de un caso a otro, hay hombres más o menos machistas y más o menos feministas), al fin y al cabo, es su órgano sexual y no creo que a nadie le haga mucha gracia que le amputen aquello que usa para hacer el amor, follar o como cada cual lo considere. Cuando las tenga, yo no querría verme otra vez sin mis tetas, por ejemplo.
Por mi parte cada semana voy dos horas a que me quiten el pelo de la cara, uno a uno: aguja, electrocución, pinzas. Uno a uno. Aguja, electrocución, pinzas. Cada paso duele. Cada pelo duele. La gente no suele utilizar este método y prefiere el láser: es mucho más suave, pero no elimina el cabello al cien por cien. La primera vez que tocó la parte del bigote dolió tanto que pasé dos horas ahí, tendida en esa camilla, llorando sin parar, callada e imaginando que un día este proceso acabará.
Por suerte los tiempos han cambiado: hace tan sólo unos años había únicamente una salida laboral para las mujeres trans, y no me interesaba en absoluto.
Ahora tengo que ahorrar miles de euros, aunque sea una obrera, así que salgo poco y me pierdo en mi mente: siempre hay historias ahí dentro.
Cuando vuelvo de la depilación estoy un poco más contenta porque puedo contemplar mi rostro un poco más. Y sonrío con una sonrisa que nunca había visto en mí. Y lloro las mejores lágrimas del mundo.
En algún momento recuperaré mi voz. Y no pararé de hablar.
En algún momento recuperaré mi cuerpo, aunque tenga que cargar con unos hombros un poco más anchos de lo que me gustaría.
Ha habido gente que me ha llamado obsesionado con las lesbianas y maricón al mismo tiempo mientras me recriminaba que hablara como una chica: la ironía de un contrasentido construyendo un punto ciego. No querían verme, yo estaba ahí, intentando ser yo, y no me veían.
No se daban cuenta de que soy la única dueña de mi discurso. No se daban cuenta de que mi felicidad no es un trastorno mental, sino mi camino.
No es tan complicado. Somos mujeres, nada más. Y hoy toca luchar. Ser una mujer transexual es como ser una mujer alta o una mujer que trabaja en una multinacional, no interfiere en absoluto con lo que somos por más que cada persona sea un mundo.
Y no, no me siento una mujer, porque yo me siento cansada o con energía, triste o feliz, con ganas de hacer cosas o con ganas de vaguear. Nunca se me ha pasado por la cabeza que pueda haber algo como sentirse hombre o mujer. Un sentimiento, un pensamiento, una experiencia, son conceptos limitados que apenas expresan quién soy yo, ¿me siento acaso una amante con talento? ¿Me siento una jugadora de videojuegos dedicada? ¿Me siento una gran comedora de chocolate? ¿Me siento una trabajadora diligente? ¿Me siento una dormidora competente? No, eso son cosas que soy, siendo generosos con las categorías.
No, no me siento mujer.
Lo soy.
Y no necesito que nadie me lo certifique, gracias.
Los hombres y mujeres trans no somos un tercer género: ese páramo ininteligible de inhumanidad. En realidad es muy sencillo: somos hombres y mujeres.
Romper el binarismo no implica un tercer género tampoco, sino contemplar un amplio espectro ahí donde nos han dicho que miremos a dos polos fijos, precariamente construidos, que no tienen nada que ver con ese horizonte lleno de posibilidad que es la realidad: un continuo que no tiene por qué atar a nadie. Estoy convencida que con la claridad que aportamos las personas transexuales, y sobre todo la que aportan las no binarias en este asunto, el feminismo va a acabar con la idea de género tal y como la conocemos. En ese momento una buena parte de este texto, si no todo, quedará anulado, soy consciente, pero, aunque podamos lanzarnos varios siglos hacia adelante, vamos paso a paso.
Y para hoy éstas son mis palabras.
El hecho de que a mí se me percibiera como un hombre por mi aspecto físico no implica que fuera o sea un hombre: nunca lo he sido y nunca podría serlo.
Sé perfectamente que mi vida sería mucho más sencilla en algunos aspectos (superficiales) si me mantuviera invisible. Sé que sería mucho más fácil para mí encontrar pareja, conseguir un trabajo o caminar sola por la noche.
Por eso a veces tengo miedo.
Pero yo no puedo ser amada como si fuera un hombre porque ahí no hay ningún yo, sólo una máscara a la que renuncio, un disfraz que no voy a llevar.
Yo sólo puedo ser amada. Y apreciada por lo que soy, percibida como quien soy.
Y cada segundo que pasa soy más fuerte, y me parezco más a la guerrera tan tímida y extraña que llevo dentro.
No me convierto en otra cosa, sólo me quito la máscara y regreso a quien soy.
Y al final, cuando todo esto acabe, romperé ese puto espejo.