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Sí, caballeras y caballeros, conservo escrupulosamente unos estándares de baja calidad a los que me debo.

sábado, 1 de septiembre de 2018

Cuervo Blanco

Cuervo Blanco:

            Ese mundo innoble veía a la eterna viajera pasar, su mirada se extendía sobre el paisaje intentando concebir cómo había sido antes de su nacimiento aquella tierra agonizante por la que aún hoy se derramaba la sangre de las mujeres y los hombres.
Había una suerte de dicha triste en sabernos herederos de un yermo destruido, tan cercana a la ignorancia que nuestra viajera nunca la hubiera tolerado.
Por otro lado ella, Biélaya Varona, disentía del antiguo sabio: el mundo no era el mejor de los mundos posibles, probablemente era uno de los peores que nadie podía imaginar: la autoridad de Zorya y su ley se extendían por todo un continente cuyos territorios sometidos al Imperio trataban de alzarse de entre sus propias ruinas únicamente para poder respirar.
Biélaya Varona era una Ejecutora, sus funciones eran las de árbitro y verdugo, enviada a cualquier rincón del Imperio, por más desamparado o remoto que fuese, para resolver asuntos legales varios a su entera discreción. La Corte de Zorya disponía de tres Ejecutores y el vulgo solía tomarlos por hechiceros o asesinos.
La llamaban Cuervo Blanco en aquellas tierras de Viridia, antes prósperas como enclave comercial, ahora arrasadas por la guerra y la magia. Tenía trabajo que hacer.

La sala del trono era una impostura: la guardia, formada por hombres y mujeres bastante inquietos en aquel momento, trataban de no mirar hacia las robustas puertas de roble, como si buscaran exorcizar el peligro o el miedo que se cernía sobre sus cabezas.
–¡Recordad que sólo es una mujer! –la enérgica voz de Alba, última en el linaje de la casa Tullia en la antigua Viridia, trataba de reconfortar a la guardia real. Todos habían oído rumores sobre los Ejecutores cuando no habían cruzado sus caminos en alguna desafortunada ocasión, no hacía falta añadir más.
El portón se abrió, cinco cadáveres de soldados descabezados entraron como si hubieran sido arrojados con una gran fuerza a la estancia.
Los miembros de la guardia real empezaron a cuestionarse sus salarios.
Sí, había una sola mujer ahí, cruzando el umbral, la cual envainó sus dos espadas ensangrentadas con tranquilidad. Sólo vestía un tabardo blanco, calzas negras, botas y hombreras de cuero oscuro. A juzgar por las apariencias, no parecía nadie importante, siendo el único elemento que destacaba entre sus ropas una esmeralda pendiente de su cuello.
–Soy Biélaya Varona, en vuestras tierras se me conoce como el Cuervo Blanco, ¿no yerro al asumir que estoy ante Alba Tullia, gobernante de Viridia? –no aguardó a recibir respuesta y continuó con su discurso–. He de reconocer que el Imperio ha sido… negligente con respecto a Viridia y su arcaica casta de gobernantes. No se puede confiar en la palabra de una reina, ni siquiera en la de una que dice inclinarse. Se os condena a muerte por los delitos de conspiración, sedición y rebeldía contra la Emperatriz Zorya, vuestra estirpe será borrada de…
–¡Matad a esa perra! –ordenó la reina.
Los guardias, la mayoría al menos, pertrechados con sus armaduras y armas, sintiéndose seguros tras la cobertura del metal y la superioridad numérica, avanzaron.
Ella les miró, sus armaduras se constriñeron sobre sus cuerpos, el chasquido de los huesos al romperse fue estremecedor. La sala del trono nunca había escuchado gritos de dolor como los de aquellos experimentados guerreros al ser devorados por sus propias corazas.
Las y los que aún no habían atacado soltaron sus armas y escaparon, pasando junto a la Ejecutora, que decidió perdonarles la vida. Alguna incluso musitó unas palabras de gratitud en su marcha.
Se oía el llanto de un bebé.
Biélaya Varona se detuvo y, tras ponderar aquel imprevisto durante un par de segundos, encontró una solución:
–Renunciad a vuestros derechos y a vuestro nombre, renunciad a esta casa y sus riquezas.
–¿Tan bajo ha caído Zorya creyendo que mi honor puede ser de su propiedad?
–¿Tu honor? –repitió la Ejecutora escupiendo cada palabra, incrédula–. Tal vez sea un concepto demasiado abstracto, tu vida, sin embargo…
La reina comenzó a sangrar por todos los orificios de su cuerpo cuando sus órganos internos explotaron.
Biélaya Varona silenció también al resto de esa guardia que había estado muriendo lentamente, sus cráneos hechos trizas con uno solo de sus pensamientos.
Ahora podía escuchar mejor.
Ahora el llanto de bebé era evidente.
Cuervo Blanco recordó instintivamente el momento exacto en que aquellos desconocidos que pretendían violarla mataron a su recién nacido al aplastarle la cabeza contra la pared. En ese instante la misma realidad se separó partícula a partícula, sometida a su maltrecha voluntad, y a su alrededor sólo quedó sangre y polvo.
Pero tenía que concentrarse en el ahora…
Tal vez de haber sido consciente de sus poderes unos segundos antes, de haber sabido dominarlos…
Pero tenía que concentrarse en el ahora, de verdad…
Un hombre apareció tras el trono, armado con una espada y un escudo, vestía además una armadura en condiciones.
–No pienso entregar la vida de mi hijo sin luchar por ella. ¿Tus últimas palabras? –ante aquella ridícula bravata Biélaya Varona sólo pudo soltar una risotada llena de desprecio, mientras, examinaba a su interlocutor con detenimiento: el padre había estado llorando a su mujer y a sus soldados pero no parecía un señor de noble cuna al uso, sino que poseía la determinación de un auténtico guerrero. Aparte de los pertrechos, naturalmente.
–¿Servio Ianio? –inquirió la Ejecutora–. He pronunciado tantas últimas palabras en mi vida que ya no cuento con ninguna de ellas, de modo que deseo reafirmarme en mi oferta dado que también la casa Iania ha sido acusada de sedición, conspiración y rebeldía: renunciad a vuestro nombre y mi misión se verá cumplida mientras vuestras vidas permanecen intactas. Es una decisión sencilla.
El llamado Servio Ianio, consideró aquellas palabras unos instantes, después envainó su arma y cogió a su bebé con un gesto protector, mirando con desconfianza al Cuervo Blanco.
–Curiosa propuesta para una mujer que acaba de matar al menos a doce personas, entre las que mi amada se contaba.
–Vuestra reina ha estimado que su honor valía más que vuestras vidas y ahora está muerta. Ha tenido elección cuando cualquier otro Ejecutor no hubiera mediado...
El hombre y su cría desaparecieron sin más. Biélaya Varona cerró, una a una, todas las puertas de la sala con el poder de su mente.
Y esperó…
Como a través del agua de una cascada volvió a escuchar los lloriqueos y volvió a ver a Servio Ianio y a su hijo. Seguían frente a ella, justo en el mismo sitio, no obstante, ahora el bebé berreaba a pleno pulmón.
–¡Por Zorya! –exclamó la Ejecutora–. No puede tener más de doce meses… –comentó maravillada.
–¿Vais a matarme? –preguntó el padre.
–No, si puedo evitarlo. ¿Queréis que vuestro hijo viva? –inquirió entusiasmada–. Tengo planes para él… –continuó la Ejecutora, que ya había pensado en un par de opciones–. Despojaos de vuestro nombre y de vuestros derechos sobre esta tierra, dejad que entrene a vuestro pequeño, sé de un lugar donde podemos refugiarnos. Podéis acompañarme.
–De lo contrario moriremos.
–Con toda probabilidad, aunque no por mi mano o mi deseo –asintió la Ejecutora–. A menos que anheléis morir ahora inútilmente. Es una decisión sencilla –dijo de nuevo.
Servio clavó sus ojos en ella y comenzó a declamar:
–Por el sol y las lunas, que se extinga mi nombre del último nombre de mi casa, me rindo ante los ancestros y ante la eternidad. Que los antiguos dioses me perdonen.
–Nos vamos –Cuervo Blanco no tenía tiempo para más ceremonias–. Coge la capa de algún sirviente y sígueme.
Servio se atragantó con sus lágrimas y sus quejas y después razonó que tal vez no era el momento para decir nada. Tras cubrir su cabeza con una capucha, ambos se echaron a andar. ¿Qué sería de lo poco que quedaba del reino? ¿Tendría Alba un entierro digno o sería devorada por los cuervos? ¿Seguían vivos sus amigos, habrían llegado sus cartas a sus familiares? ¿Qué pasaría con los plebeyos, cómo podrían seguir con sus vidas? ¿Qué sería de su hijo bajo la tutela de aquella extraña mujer? ¿Podía acabar con la vida de la Ejecutora a pesar de su inmenso poder y escapar con su hijo? ¿Estarían acaso más seguros de conseguirlo? ¿Era posible matar al Cuervo Blanco o confiar en ella? ¿Era sabio?
No era cierto lo que Biélaya Varona había dicho.
Cada paso que daba era una decisión y ninguna era fácil de tomar.