¡Entren en su blog de literatura cutre!
Sí, caballeras y caballeros, conservo escrupulosamente unos estándares de baja calidad a los que me debo.

lunes, 1 de octubre de 2018

Virginie


Virginie:

Recuerdo el tic-tac del reloj del dormitorio, contando cada segundo con una diligencia extrañamente estática, ignoro, sin embargo, de cuándo databa aquella madera que se negaba a envejecer mientras nos decía el paso del tiempo. Siempre supuse que se trataba de una herencia mantenida desde antiguo, cuando el blasón familiar era por todos conocido. Mi padre nunca le dio importancia y yo nunca le pregunté, porque a veces no deseamos revelar los secretos que sólo dejamos escapar entre suspiros. ¿Crees que puedo conservar la memoria en unas pocas lágrimas? El reloj, tras tus primeras visitas a nuestra hacienda durante aquella primavera, lo sentí tan necesario, tan imprescindible para mi propia vida, como cualquiera de tus caricias, y es que de alguna manera se apoderaba de mí un miedo atroz a perderme en tus ojos, temiendo que, extraviada en su verde fluir, no supiera yo encontrar el camino de regreso. No obstante, su sonido me ataba al ahora y, tal vez por esa razón, si es que razón era, de estar el eco del tiempo presente, sentía el más sencillo sosiego. Era entonces cuando en la belleza de tus ojos podía yo viajar al mundo de los sueños, Virginie, deslizándose mis susurros sobre tus mejillas encendidas.
En ocasiones me lamento, nunca debí haber tomado esposo alguno.
He crecido y ahora sólo sé soñar.
Olympe

Ya, ya, no debí leer la carta, ya lo sé.
Que, a ver, entera tampoco la leí porque era un coñazo, la verdad.
Era tarde y hacía frío. Creo que la chica había estado sentada en medio del parque, se le cayó y yo le eché un vistazo.
Y la carta… parecía muy vieja y no sólo por la redacción o esa caligrafía tan circular que sólo he visto en las cajas de bombones caros y en marcas de lencería femenina. Total, si no la habían sacado directamente del siglo XIX supongo que venía de algún manicomio o, que sé yo… alguna casa de los horrores con tintes de beatitud, cadenas, crucifijos, caníbales y mierdas de ésas. El papel también era viejo: amarillento y, ¿”ajado” es la palabra? Sí, supongo que vale. Olía a perfume o algo. Una mariconada de principio a fin, joder.
La chica aún se veía entre la niebla.
Una silueta, poco más.
En cualquier caso el papel había sobrevivido y estaba seco.
Le grité a la chica, pero estaba bastante lejos, el parque era bastante grande, y no se volvió, así que decidí correr hacia ella antes de que la niebla la engullera. Era densa de cojones, por si no lo he dicho.
Se metió, para mi sorpresa, en una casa bastante grande, oscura y destartalada, llena de pintadas, la planta baja era un vacío de polvo y hormigón. No había podido verla bien pero no parecía la clase de tía que viviera en una casa okupa con perro-flautas, punkis y gente de ésa.
Toqué a la puerta.
Silencio.
Como no pasaba nada, me metí dentro. Sólo había unas escaleras que subían, así que fui a la planta de arriba. Aquello sí se parecía más a una casa. Es decir, no había casi nada, pero al menos había habitaciones, puertas y todo eso.
Había una puerta cerrada, quiero decir que era la única puerta cerrada.
Joder, hubiese sido casi indecente no abrirla, así que, por supuesto, la abrí.
Un dormitorio, menuda decepción. Ni cadenas ni hostias, sólo una cama normal y corriente. Y ni rastro de la chica de la carta.
Me volví hacia la puerta. Vi una figura en la penumbra, muy quieta y en silencio. Me dio tal susto que me volví a dar la vuelta.
Vale, aquello era el equivalente de cubrirse con las sábanas al ver por la noche un montón de ropa en una silla y, como me di cuenta de que debía de estar pareciendo un completo capullo, decidí hacer algún comentario que pudiera justificar, aunque fuera remotamente, mis putos movimientos espasmódicos de nenaza:
–Joder… la cama está toda deshecha.
En fin, soy un capullo, para qué vamos a engañarnos.
Me volví, pero ahí me acojoné en serio. Cualquiera de vosotros se hubiera acojonado, vamos a ver.
Lo que vi era una especie de sombra crepitando oscuridad, desplazándose a cuatro patas con una extraña comodidad pese a que se distinguía el dibujo de una anatomía humana en ella.
Que, bueno, esto os lo digo ahora, después de que haya pasado todo. Y sí, estoy vivo y os he jodido el final de la historia, pero en aquel momento, estaba yo como para pensar en qué coño estaba viendo. Y fue como cosa de un par de segundos, pero ese puto bicho era raro de pelotas y cualquier tío duro se hubiera cagado de miedo. Por más que quieras, no puedes pegarle a una puta sombra.
Estaba entre la puerta y yo, así que mi cuerpo tomó sus propias decisiones, un tanto estúpidas, la verdad: retroceder lentamente.
La sombra se abalanzó de mí, encima de la cama, pero cuando abrí los ojos, había una chica desnuda sobre mí mirándome con curiosidad.
Fue extraño, dudé de lo que había visto momentos antes, la realidad parecía estar haciéndose un hueco en mí. Y era fantástica. Y, joder, ¿y si lo que pasaba es que en la puta casa okupa había alguna droga rara y había estado flipando?
En este punto de la historia me gustaría subrayar de nuevo el hecho de que tenía una tía en pelotas sobre mí.
Me empalmé, naturalmente.
La chica se deslizó sobre mi cuerpo y comenzó a besarme el cuello.
Luego se alzó. Recuerdo sus colmillos, sobresalían, pero supongo que debía estar flipando también.
Ella vio la carta que yo sujetaba y me la arrebató de las manos.
–Puedes irte –me dijo, sólo que ahora estaba parada en la puerta, vestida.
Fui a preguntarle qué estaba pasando, pero giró una esquina y no pude encontrarla.
Como todo aquello era bastante perturbador me fui de allí.
No lo entiendo bien, la gente no suele ir compartiendo drogas por ahí.

Una mujer caminaba por la calle cuando, para su sorpresa, vio salir a un joven de su casa. Parecía muy alterado, su expresión, desencajada; su piel, pálida, y trataba de correr con torpeza. Gemía y se ahogaba, como si se hubiera quedado sin fuerzas para gritar. No era una situación habitual: la gente no solía salir de su casa una vez había entrado en ella. Al menos no por su propio pie, de modo que sintió una enorme curiosidad.
Subió las escaleras y atravesó el pasillo, después cruzó la puerta de su habitación.
Sonrió.
–Eres toda una sentimental.