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Sí, caballeras y caballeros, conservo escrupulosamente unos estándares de baja calidad a los que me debo.

viernes, 1 de febrero de 2019

¡Quería gritar!

¡Quería gritar!:

Siempre nos dicen que somos enemigas, que nos robamos las unas a las otras, que decimos una cosa y queremos decir otra y que así atacamos a nuestras compañeras y defendemos nuestra virtud para no parecer fáciles. Fáciles. Eso dicen. O difíciles. En el instituto leo fragmentos de poemas y en todos ellos las mujeres callan y su silencio las hace crueles.
Últimamente ha habido un problema en el instituto: los chicos perseguían a las chicas, muy romántico todo, las acorralaban después y las tocaban. Hay gente que dice que es el porno, no lo creo, también dijeron que los videojuegos violentos son la causa de asesinatos pero… ya analizaré el cine porno más adelante en mi vida, supongo. El aula en el que pasó eso no era mi clase, además nunca me doy cuenta de lo que pasa a mi alrededor, leo y me pierdo entre las palabras. Pero, siendo sincera conmigo misma… ¿habría sabido cómo reaccionar de haber presenciado algo así?
Una vez un chaval me dijo que había participado en una violación en grupo teniendo catorce años, porque entre chicos se dicen esas cosas. Y no supe cómo gestionarlo, mis amigos se callaron conmigo, sin saber qué hacer, sin saber qué decir, entre horrorizados y confundidos, y yo dejé de ver a ese tío. Videos porno, zorras, guarras… silencio. Odio a los hombres. A su mayoría al menos. No lo sé. A veces quiero gritar, pero gritar no es de buena educación. Y yo quiero.
¡Quiero gritar!
Soy joven aún, lo del odio se pasará, pero cada frase y cada comentario los recordaré con rabia, asegurándoles a mis amigas que ellas ni se imaginan cómo anda el patio.
Cuando estoy con mis amigas y con mis amigos viendo una película y les digo que es sexista me dicen que exagero y que veo sexismo en todo. Y tienen razón, ¡hay sexismo en todo!
Pero ahora somos adolescentes, dadle tiempo a mis amigos: uno de ellos será todo un feminista en el futuro, otra pasará en apenas dos años de usar la palabra “feminazi” a entender los abusos más sutiles dentro de una pareja, y así. Y dadme tiempo a mí, aún no he leído, aún sigo negándome.
No me gustan las fotos porque no me gusta verme en ellas, he convencido a mis amigos y amigas de que me llamen por mi apellido porque me asquea mi nombre, ser una mujer cis sería perfecto, ser trans… me llevaría a la prostitución, ¿verdad? Me da miedo, pero nunca soy más feliz que cuando puedo ser un personaje femenino en videojuegos, partidas de rol, relatos. En mi mente jamás he sido un hombre. Y aún no lo sé, pero acabaré en una relación en la que me maltratarán.
Supongo que tardamos un poco de tiempo en cortar con el machismo… nuestros hijos y nuestras nietas, nuestros tataranietos y sus hermanas lo tendrán muchísimo más fácil.
Cuando me miro al espejo no soy el reflejo. Me cuesta entender los roles de género y cada vez que veo una diferencia de trato entre hombres y mujeres algo se revuelve en mi interior, pero no todo está claro y tengo un amigo al que llamo “gay” para meterme con él porque nadie me ha explicado lo increíblemente misógina que es esa palabra y esa concepción de los roles. Porque yo sola no puedo saberlo todo, aunque todavía no lo sepa.
Aún siento que los travestis son un insulto a mi existencia, que son una burla a las mujeres. Necesito en mi vida a esa pareja de amigas que me explique que lo que hacen drag queens y drag kings es precisamente destacar la performatividad de los roles sobre el fondo de lo que llamamos sentido común. Aún creo que, aunque me operara, nunca sería una mujer de verdad a ojos del mundo. Pero los peques sabrán decir quiénes son, no queda tanto. No obstante, cuando yo tenía seis o siete años se decía entre susurros la palabra “maricón” porque esos hombres estaban mal de la cabeza, porque era algo antinatural. Y les pegaba la gente de bien. Y, a veces, les mataban. Lo recuerdo perfectamente, ¿y nosotras?, nosotras éramos parodias interpretadas por hombres o monstruos que no debían existir.
Pero un día las mujeres marcharemos sin miedo un ocho de marzo, decidiremos y, más tarde, mucho más tarde, viviremos en completa igualdad con nuestros compañeros. Parece tan lejano… hoy parece imposible.
De vuelta a casa un tipo que va en coche me pregunta por una calle. No sé dónde queda, pero decido ser maja con él y le respondo con amabilidad. Soy menor pero él me pregunta si chupo pollas.
Un poco más tarde un señor intenta explicarme cómo son las mujeres mientras irrumpe en mi espacio personal, en un bar en el que me he metido para comprarme un bollo. Sé lo que tengo que hacer: sonreír, asentir e irme.
¡Me gustaría gritar!
¡Me gustaría gritarle! ¡A él! ¡Decirle que me da asco, que no tiene ni puta idea, que no somos cosas y que no tenemos una puta mente colmena ni pensamos todas igual!
Ni somos todas igual. Y ninguna es lo que dice ese baboso. Y no somos lo que dicen capullos como él que compran mujeres.
Y si las compran, también pueden robarlas, ¿no?
Siempre por encima, quitándonoslo todo, las opciones, la dignidad, el trabajo, los derechos. Robándonoslo todo con sus bromas y su silencio. ¡Con mi silencio!
¡Necesito gritar!
Pero aún no se hacerlo.
Porque todavía no he comprendido todo lo que intuyo.
¡Sí, aún no se hacerlo!
¡Pero sabré!


2 comentarios:

  1. Te había dejado un comentario bastante largo, Marta, qué lástima que no apareció... o tal vez se borró por lo de Google+ que cierra.
    Me gustó mucho el texto y tu valentía.
    Un gran abrazote.

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    Respuestas
    1. Hola, Mirella, muchas gracias por tus comentarios.

      El caso es que me marca que tengo cuatro pero sólo veo el tuyo de modo que se deberá a la migración de Google + a Blogger, digo yo. Me están desapareciendo muchos comentarios, una pena.

      La verdad es que nunca en mi vida me he encontrado mejor ni más feliz y yo diría que es toda una señal de que he hecho lo que tenía que hacer.

      El mes que viene toca un relato de fnatasía muy chulo, espero que te guste también.

      ¡Un abrazote! ^_^

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