¡Entren en su blog de literatura cutre!
Sí, caballeras y caballeros, conservo escrupulosamente unos estándares de baja calidad a los que me debo.

viernes, 1 de marzo de 2019

En el nombre de Dios

Rock me like the devil
Whip your tail and turn me on
Turn me to eleven
Leave me burning when you’re done
CRUCIFIED BARBARA.

En el nombre de Dios:

Llovía y la viajera tenía que descansar.
La taberna no estaba particularmente llena, pero había demasiados hombres dentro y todos los ojos la miraban y ella, de no haber llevado esa espada, habría querido desaparecer, encogerse y tratar de pasar todo lo desapercibida que hubiese podido.
Desgraciadamente, un parroquiano que parecía un buen hombre se había sentado a su lado mientras la viajera comía queso y vino. No había hecho mención a que fuese una mujer, ni a que anduviera sola por el mundo. Simplemente le estaba contando una historia.
Según decían, una maldición asolaba aquellas tierras y a causa de ello los niños nacían sin alma.
–Sí, y todo es culpa de la bruja. Ella trujo a esos niños al mundo, que ni sonreír pueden, ni hablan, están como muer…
–Espera –le interrumpió la viajera, de nombre Candelaria–. ¿Dices que una bruja ha sido la comadrona de los niños? –inquirió con incredulidad.
–Bueno –comenzó su interlocutor, visiblemente incómodo–, entonces no sabíamos que era un bruja… ¡Pero habíamos de haberlo sospechao! Una vieja pelleja, que nunca ha tenío un marido… eso no es señal de nada bueno.
¿Ya te has dado cuenta, cariño? Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza... –la voz de Lilim en su cabeza se deslizaba como la miel, el ansia incontrolable por un poco de diversión se retorcía en un gemido obsceno, degustaba cada suspiro en un anhelo irreverente, necesitado de algo que lamer–. ¿Qué vas a hacer con esos niños, mi vida? ¿Te importan? –encontró una repuesta llena de determinación–. Me gusta, cada latido de tu corazón es exquisito… –decía a punto de ahogarse en un océano de placer, incapaz de contener su sed.
–¿Qué vais a hacer con los niños? –preguntó la viajera, visiblemente perturbada e intentando hacer caso omiso de las palabras y el poder de Lilim sobre todo lo que quedaba debajo de su piel.
–Parece ser cosa de demonios, hemos llamao a un Inquisidor, un tal don Alonso García, con permiso del alcalde, claro está, como está conforme.
–El inquisidor. ¿Cuándo llega? –interrogó Candelaria, quizás demasiado apurada, demasiado agitada.
–Haces muchas preguntas para ser una extraña –le respondió el buen hombre, suspicaz, con su amabilidad desaparecida.
Cuidado, Candela, no queremos que te corten esa deliciosa lengua que tienes, si tu espada no la protege, seré la salvaguarda de cada uno de los secretos de tu cuerpo, pero ya sabes que, por lo general, prefiero estar aquí dentro –Lilim soltó una risotada líquida, su deseo insaciable aprisionando los pensamientos de la viajera, derramándose por cada letra que pronunciaba en su mente, el cuerpo de su humana comenzó a encenderse y Candelaria tuvo que luchar para no llevarse las manos al estómago, para después seguir bajando por él, allí no, no en público, le pidió a Lilim en una oración–. Tienes razón… es peligroso… –el fuego se apagó momentáneamente, con mucho esfuerzo–. Pregunta por la anciana, amor mío. Veremos si conoce a los demonios o si estamos ante un caso de mera humanidad.

El sendero se seguía con facilidad y el bosque protegía ligeramente de la lluvia.
–Antes has dicho: “un caso de mera humanidad…” –se aventuró Candelaria, algo desconcertada.
La voz de Lilim apareció de nuevo en su mente como una caricia hambrienta, sin deseo alguno de dominar sus arrebatos:
No hay nada más humano que señalar al diferente, amor.
–Tal vez acabar con él sin señalarlo siquiera –apostó su amante.
Llegó a un claro y a una humilde choza. Era una choza tan pequeña que el bosque la habría engullido de no haber sido por una pequeña cerca, un arroyo y una cabra que la miraba con herbívora curiosidad.
Candelaria dio cuatro golpes en la puerta de la casa.
–¡Pero, niña! –exclamó la anciana al abrir– ¡Estás empapada, ven, pasa! –le ordenó.
–Muchas gracias –la viajera sonrió tímidamente.
–Siéntate junto al fuego. Espero que te guste la sopa: no tengo dientes y es lo único que cocino –dijo secamente.
La habitación no era grande, sólo había en ella una chimenea, un caldero, especias y hierbas, embutido, un conejo colgado de una viga y la piel de una cabra vieja extendida sobre el suelo en una esquina. Encima de la chimenea, en una repisa, había libros, algunos estaban escritos incluso en latín, o eso pensaba la viajera, que no estaba del todo segura de reconocer el idioma.
–Muy agradecida, señora.
–Mi nombre es Nieves, natural de Frías.
La anciana se detuvo de pronto, parecía alarmada.
–Llevas una espada al cinto, moza –señaló con preocupación.
–Decidí volver del infierno para ser libre. Ni esclava de los hombres, ni sierva de los dioses –se desabrochó la vaina y puso el hierro junto a la puerta de la casa–. He oído que es usted la partera del pueblo.
–Habrás oído también que están ahora a disgusto con los retoños. Y que me culpan a mí de ello a pesar de que, por supuesto, la mayoría de los niños nacen perfectamente sanos. Y ésos de los que tanto hablan también están sanos, algunos incluso podrán hablar.
–Dicen que no sonríen, que parecen haber muerto.
–¡Tonterías! Se comunican con los animales, y con los humanos necesitan algo de práctica.
–Antes ha sugerido que algunos no podrán hablar.
–Lo he dicho claramente, pero sí –atajó Nieves con acritud–. Eso no los hace menos que los demás.
–Han pedido auxilio a la Inquisición, pronto vendrá un comisario del Santo Oficio a investigar.
–¿Sabes lo que quiere decir eso? –interrogó la anciana.
–A usted la quemarán por brujería, aunque no haya magia en esta casa y matarán a los niños con cualquier excusa de posesión demoníaca.
–He visto a criaturas como éstas crecer –dijo la anciana dándole un bol de sopa y tomando otro para sí–. Algunos parecen niños siempre y, a la vez, grandes sabios. Otros no hablan pero pueden aprender a escribir. Muchos rehúyen de la gente y no les gusta el contacto humano o tal vez sí lo desean aunque no lo entienden. Ni la gente les entiende a ellos. Pero cuando quieren a alguien, no lo olvidan jamás. Ni olvidan nunca su palabra. Sí, son excéntricos y hay que explicarles algunas cosas con sumo detalle, mas no suelen ser malvados, ni mucho menos hijos de demonios. Pero qué sabrán los hombres de eso… –le dio un sorbo al caldo–. Hay demasiadas cosas más allá de lo que pueden ver los ojos –comentó, algo hosca–, el conocimiento siempre tiene la forma de una interrogación. Por cierto, tu amiga está muy callada. Por lo que sé de ellos, no es muy común.
Abuela, es sólo porque tengo que pasar unos minutos a solas con mi amante y estoy empezando a ponerme francamente nerviosa –se oía una sonrisa traviesa y, tal vez peligrosa, su lengua relamiéndose mientras hablaba a través del cuerpo de Candelaria, su voz era distinta, más grave y rasposa–. No se preocupe, le agradecemos su hospitalidad, pero nos iremos al bosque –consiguió decir, sin apenas poder contenerse, quitándose el corpiño allí mismo.
La anciana dio gracias por que el corpiño fuera la primera prenda que aquella viajera llevaba y no la última.
–Esperaré fuera, ha salido el sol y tengo algunos quehaceres que atender –decidió Nieves–. Me gustaría poder decir que la piel de cabra es cómoda –aseguró cerrando la puerta.
–Toma mis manos, mi amor, toma mi cuerpo –pidió la peregrina, que ya era puro fuego ardiendo bajo la piel, incontenible. Lilim estaba a punto de quemar las ropas, apenas podía descalzarse las botas, quitarse las calzas, deshacerse del jubón, sudaba, ansiaba. Deseaba ser de nuevo las yemas deslizándose sobre el cuerpo por el que había desafiado todo poder, deseaba besar esa mente junto a la que había abandonado el mismísimo infierno. Sus dedos viajaban por cada rincón de su cuerpo, húmedo y desesperado.
Lilim apareció encima de ella, con sus cuernos, su rabo y su espalda herida tras haber perdido las alas por su amada, besándola sin parar en los labios, en las mejillas encendidas, el cuello, el pecho, el ombligo, besándola entre las piernas. Los minutos se dilataban en sus lenguas al buscarse. Sus movimientos y los de Candelaria se fundían en un solo ritmo desencadenado, ondulante, armonizando cada acometida y cada roce en una sola caricia, siendo cada vibración en el cuerpo de la otra, temblando en crescendo, acompasando sus respiraciones entrecortadas, atrapando su deseo en un beso apresurado antes de que huyera entre suspiros, deleitándose en el eco de un orgasmo al borde de los labios. El fuego de la chimenea crepitó al avivarse mientras lloraban de placer, con sus cuerpos apretados en un horror vacui de puro deseo satisfecho, dejándolas ardiendo al acabar.
¿Sabes?, no deberías usar el nombre de dios en vano –consiguió decir, jadeando en una sonrisa.
–¿Por qué no? Los curas lo hacen todo el tiempo –Lilim soltó una carcajada.
Se recostaron la una junto a la otra, buscando la posición en la que, abrazadas, pudieran encontrarse más cómodas.
El sexo es a la piel lo que el amor al corazón –dijo besándola.
–Lilim, eres la exiliada más dulce de todo el infierno.
Lo sé… –le aseguró Lilim riéndose, sin ocultar su sed renaciendo y liberándose otra vez.
Nieves estaba fuera, sentada junto al arroyo, disfrutando de la tarde dorada tras la lluvia y reflexionando sobre lo estúpido de que, si alguien hubiese oído lo que escuchó ella en aquel ocaso, habrían quemado su casa con sus ocupantes dentro.
“La sopa estaba buena”, pensó contemplando el bol vacío reposar sobre una piedra.
Candelaria salió de la casa con el bol de sopa entre las manos, la cara roja, despeinada toda y con una sonrisa.
–La sopa está muy buena, muchísimas gracias –dijo la viajera, un tanto de avergonzada.
Nieves se rio a carcajadas.

Eran apenas cuatro criaturas: Ana, de cuatro años, la pequeña filósofa; Federico de tres, no hablaba, pero Ana le estaba enseñando a escribir a escondidas; Manuel, apenas un recién nacido que nunca sonreía y Mercedes, la cual con sus dos años parecía estar permanentemente en su propio mundo.
Sus madres estaban con ellos, la de Ana y Manuel parecía inquieta por lo que pudiera pasar, intentaba ocultar sus lágrimas, en las madres de Federico y Mercedes se leía el rechazo a sus vástagos.
Les llevaron ante Alonso García, comisario del Santo Oficio.
Todo el pueblo se había congregado para contemplar qué pasaría con los niños malditos, también el alcalde se había presentado allí.
Había un perro tratado a palos que no se separaba del pequeño Federico en ningún momento, y la madre de éste miraba al animal con casi el mismo asco que a su hijo.
Candelaria se acercó corriendo a la puerta de la iglesia, donde le habían dicho que encontraría al inquisidor. Nieves iba tras ella, saludando a los niños.
–¿Tú eres la pérfida partera que ha creado engendros a partir de estos niños? –quiso saber el inquisidor.
La gente alrededor se puso a murmurar.
–Soy yo la partera y nada más hasta que Dios diga.
–¿Y tú? –dirigiéndose a la forastera.
–Una viajera.
La gente alrededor siguió murmurando.
–¿Y ese hierro? –dijo señalando la espada que la viajera llevaba.
–De noble abolengo y cuna soy –aclaró la mujer con renuencia. Y las conversaciones se tornaron en silencio.
–No pareces tal –las palabras también podían escupirse.
–Hidalga me llaman los que desconocen mi nombre: Candelaria de León, viajo escribiendo las aventuras que encuentro en mis caminos dado que de las tierras de mi hacienda apenas nada hay que sacar. Y tengo papeles que lo demuestran –el inquisidor tomó los papeles que la joven le ofrecía, no parecía impresionado por su autenticidad–. Por otra parte, mi hoja ha probado ser una gran aliada ante la adversidad.
–¿Y tenéis algo que decir en esto, viajera?
–Nieves, esta señora, lleva años en el pueblo ayudando a las mujeres de aquí a dar a luz. Estas cuatro criaturas son diferentes, mas son sólo cuatro de casi un centenar, no hay razones para creer que ella tiene algo que ver. No hay ganancia para ella y estos niños parecen tan sanos como cualquier otro.
–No responden a las llamadas, ni ríen –dijo el inquisidor.
–No se puede resumir la complejidad de una vida humana en un prejuicio –contestó ella–. Ni condenarla por ello.
–Ésa no es prueba de que estos niños no sean una falta por nuestros pecados.
–Señor –llamó la vocecita de Ana–, yo sé escribir y le estoy enseñando a Federico cada una de las letras. No nos gusta demasiado la compañía de los que no se molestan en comprendernos, porque se ríen y nos pegan, pero no dañamos a hombre ni bestia y seguimos las enseñanzas del Señor, ¿qué hay de malo en eso?
El inquisidor miró a la pequeña Ana genuinamente espantado, aunque intentaba disimularlo como simple aprensión.
–Tal inteligencia en una mujer, de cualquier edad y estatura, no puede por más que ser obra del Maligno.
Las madres de los niños se asustaron por motivos distintos. También el pueblo estaba aterrorizado pensando que Satanás se había abierto paso hasta su pequeña aldea.
Ana se le quedó mirando con curiosidad.
El inquisidor se volvió hacia Nieves.
–Bruja eres y serás juzgada por ello –le dijo, el hombre sacó una vela y la colocó en el suelo–. Este juicio es simple y rápido atendiendo que tengo muchas cabezas que juzgar. Si la vela se apaga, habrás de ser purificada por medio del fuego –Alonso García llamó al párroco que, con una mano temblorosa por la edad, trataba de proteger del viento un candil encendido que llevaba en la mano.
Nieves pensaba que iba a morir, y los hombres del pueblo la habían agarrado de los brazos para que no huyera.
Las risas de Lilim centelleaban en la mente de Candelaria.
Las llamas fluyen por tu piel hecha inmortal, amor –comentó con una excitación que se le desbordaba por el deseo contenido–. ¿Crees que podremos mantener esa pequeña candela encendida, desafiando al viento y al miedo?
–Si Dios no le permitiera juzgar a esos niños hoy, si claramente se lo impidiera, ¿se marcharía vuesarced de aquí?
–¿Y cómo iba Dios a impedirme tal cosa?

El tiempo pasaba lentamente, tal vez se había detenido por completo para observar a la demonio que habitaba la mente de la viajera.
Lilim se asomó desde el cuerpo de Candelaria, invisible.
Es tan adorable… –comenzó a sentirse caliente otra vez, quizás porque la situación le resultaba divertida, riendo una risa traviesa y oscura– una virtud angelical dispuesta a matar a unos pequeños humanos. Tan pequeños que nuestro alado héroe debe utilizar a todo un adulto poderoso y mezquino para acometer tal hazaña y no marcharse las manos de sangre mortal –disfrutaba de cada palabra como de un secreto quebrado por el cuerpo que se entrega al placer.
–¿¡CÓMO OSAS INSULTARME, DESPOJO!?
No has probado la fruta prohibida: el conocimiento es una pregunta y no una respuesta, y la cobardía de la que haces gala no es un insulto, sólo una consecuencia –dijo riéndose, fingiendo una inocencia angelical mezclada con la lascivia libre del pecado grabado en piedra–. ¿Pero qué se puede esperar de aquéllos que sirven a ese psicópata creador del mundo? Vuestra devoción por el orden y el control os hace temerosos, ángel.
–¡SILENCIO, DEMONIO! ¡SOY UNA VIRTUD DE LA JERARQUÍA CELESTIAL!
Soy Lilim, hija de Lilith –aseveró hastiada–, y tú no eres nada –la luz que el ángel emitía pareció apagarse, sus alas eran más visibles ahora, las mismas alas a las cuales Lilim renunció. Tampoco las necesitaba.
El ángel voló sobre ella con intenciones de atacarla.
La demonio consideró saludable quemar esas plumas con el fuego del infierno, esa criatura la estaba poniendo de los nervios.
El ángel cayó y Lilim se puso sobre él a cuatro patas con su rabo de diablesa en movimiento, acariciando los labios de aquel ángel sometido, su cuello, su pecho mientras él intentaba zafarse sin éxito.
Toda una lástima –dijo apenada y caliente encima de él.
Luego juntó sus dedos y, como la hoja de una espada, perforó el tórax del ángel arrancándole el corazón mientras reía para destruirlo después con la presión de su puño cerrado.
Ay, humano, si necesitas a un dios para ser bueno, deberías ir al infierno que ha creado para ti…

En el mundo de los humanos Alonso García comenzó a llorar, para asombro de los presentes. La vela seguía encendida pese al viento y él parecía agotado.
Cayó de hinojos, le costaba respirar. Candelaria le cogió a tiempo para evitar que diera con sus huesos en el suelo.
El pequeño Federico comenzó a golpearse en la cabeza, había demasiada gente y no podía pensar: necesitaba concentrarse, necesitaba concentrar su atención en un punto, en el golpe en la cabeza, para poder separar todos los estímulos de sus propios pensamientos. El perro le calmó y él se abrazó al perro.
La vela seguía encendida delante de todos.
Lilim decidió dar un pequeño golpe de efecto e iluminó la cruz de la iglesia por unos segundos con una luz cegadora.
El pueblo entero se postró en una reverencia. La demonio, no paraba de reír en la mente de su querida compañera.
El inquisidor miró de reojo hacia la iglesia, sin llegar a creer lo que estaba viendo.
–¿Y bien? –inquirió la peregrina– La vela continúa refulgiendo, la cruz brilla con la luz de los cielos y vuestra merced no ha podido proseguir con el juicio.
El hombre miró a la viajera, desconcertado.
Ésta dejó pasar unos segundos de cortesía pero no obtuvo respuesta.
–¡Que alguien le dé alimento y un lecho! –gritó Candelaria. Unos hombres se aproximaron, atemorizados y pálidos como un cadáver, y llevaron al inquisidor a alguna casa.
La madre de Ana y Manuel lloraba aliviada, mientras les decía a Mercedes y a Federico que podían acudir a su casa siempre que quisieran, y que Ana y ella les darían de comer y cuidarían de ellos. Miraba a la forastera con una gratitud eterna y ésta la sonrió antes de volver a sus asuntos.
–¿Es usted el alcalde, verdad? –quiso saber Candelaria dirigiéndose a un hombre de entre la multitud–. Tenemos de qué hablar usted y yo.

Al día siguiente, por la tarde, Candelaria contemplaba el arroyo de la casa de Nieves, donde había pasado la noche, habiéndole agradecido a la partera mil veces su hospitalidad y dedicación.
–Gracias por ayudarme, Lil. No creo que hubiese podido convencer a ese hombre de nada y, de no haber sido por ti, esos niños y niñas y Nieves estarían muertos.
Ninguna idea debería estar por encima de la vida humana.
–Entonces la idea del pecado es la locura de Dios.
Dios crea al pecador, le condena por sus pecados y después le promete la salvación a cambio de adoración eterna.
–Tras morder la manzana no puedes seguir creyendo que es posible matar por la justicia, que es posible castigar por amor –convino su amante, la demonio era feliz.
Créeme, eres lo más cercano a una diosa que he conocido en toda mi eternidad –cada palabra parecía fundirse con la lujuria que Lilim atrapaba con los dientes–. De rodillas.
Candelaria sonreía, pícara.