¡Entren en su blog de literatura cutre!
Sí, caballeras y caballeros, conservo escrupulosamente unos estándares de baja calidad a los que me debo.

sábado, 1 de junio de 2019

Herejes e idiotas

Para Cielo, an amused muse.

Herejes e idiotas:

¡Coordina las piernas! ¡No te caigas!
¡Corre, corre, corre por tu vida! ¡No vomites la cerveza, que las has pagado!
¡Corre, más rápido! ¡Corre!
Sus piernas ardían, sus pulmones luchaban por dar abasto, cada movimiento dolía en la cabeza y se sentía como si el mundo no supiera dónde quedaba nada en la borrachera.
Piel correosa como pergamino, hebras de músculo y tendón, sangre coagulada y el acero desafiando a la luna entre brillos y manchas. Ellos gruñían, le pisaban los talones.
Y ella observaba con determinación aquella puerta de madera a la que se dirigía mientras el suelo parecía querer ir por otro camino.
En esas circunstancias ellos eran más rápidos que ella y ella lo sabía.
La hierba alta pasaba a su lado como un borrón oscuro. Su espada acabó con dos de los muertos que se interpusieron entre ella y su destino, sus movimientos eran perfectos aunque al soltar aire para dar una estocada eructó. Para su sorpresa hirió a otro zombi en la cabeza al sacar su espada de entre el cráneo del segundo cadáver andante.
Siguió corriendo, más cansada. Se golpeó contra la puerta, incapaz de frenar. La abrió. La cerró. Usó su cuerpo como barricada.
¿Dónde estaba?
Mesas, sillas, paredes de piedra, ¿un comedor?
–Doce tañidos al otro lado de la realidad… –un hombre estaba sentado en una mesa, mirando al infinito.
–¡Los muertos van a entrar –exclamó ella–, necesito atrancar la puerta!
–…las almas se reúnen ante el miedo primordial…
–¡Eh, gilipollas, ayúdame!
–…los señores astados inclinarán sus cabezas…
Necesitaba encontrar una vía de escape, posiblemente se entretendrían con ese loco dándole tiempo para huir sin que la siguieran.
La luz de la luna, al pasar por el grueso cristal, coloreaba el suelo en la oscuridad.
Los muertos golpeaban las puertas y las vidrieras de las ventanas. No estaba segura de poder aguantar mucho más.
Vio una puerta lateral.
Y se lanzó en su dirección.
Y la puerta se abrió.
Un báculo emitía una luz azul intensa y mortecina a la vez, refulgiendo de forma estática como ningún fuego podría. Los muertos se detuvieron al instante.
–Necesito tu ayuda –dijo la voz de un hombre joven–. ¿Estás borracha?

El loco no paraba de hablar y el nigromante, consecuentemente fascinado, comenzó a tomar notas.
Zoe, ante aquella escena surrealista, decidió vomitar.
Sombra, su cuervo, había logrado abrirse camino y llegar hasta ella. Graznaba ocasionalmente mientras volaba desde su hombro hasta las mesas alrededor.
Largos minutos más tarde Zoe se dirigió al nigromante.
–Aatami, ¿qué haces aquí? ¿Por qué demonios has matado a estos hombres?
–Ha sido en defensa propia –contestó llanamente.
–¿Contra unos bibliotecarios? ¿Pretendes que me crea que no has preparado un escenario en el que sabías que te iban a atacar?
–El espectáculo forma parte de la profesión, ya sabes: ropa negra, calaveras… a la gente le gusta saber a qué atenerse –se rio él–. ¿Si me roban es culpa mía, voy provocando?
Ella le miró, irritada.
–Me han atacado al ver mi bastón –dijo él, ahora visiblemente indignado–. Les he preguntado si podía comenzar unas lecturas y me han atacado –insistía él–. Estamos en una biblioteca y yo quería leer y que nadie deseara matarme por ello. Me pareció que éste sería el lugar apropiado, la verdad –se defendió, mostrándole un viejo libro de entre sus ropajes.
Ella contó los cadáveres en el suelo.
–Oye, lo del decimoquinto bibliotecario –comentó Zoe–, ¿también fue en defensa propia?
–Tal vez te cueste creerlo, pero te prometo que no fue un combate por turnos.
–Perdona, no estoy acostumbrada a ponerme del lado del nigromante: yo os doy caza –le explicó, su cuervo liberó un graznido–. ¿Crees que no hay razones para destruiros a todos?
–La respuesta  a esa pregunta requiere de ciertos matices y precisamente por eso estoy aquí, ¿quieres tomar un té?
–Por supuesto.
–Me interesa este hombre: tal vez sea un oráculo o un loco. Nos lo llevamos. Alguien tendrá que darle de comer. Cuando vayamos saliendo, ¿te importa matar a los zombis?

Con el aliento entrecortado por el cansancio, Zoe miró con desprecio el rostro magullado y fracturado de la última zombi que quedaba en pie sobre el campo. Su cuerpo muerto, hecho jirones de piel y atisbos de músculo y hueso, estaba completamente inmóvil. Una costra de sangre reseca cubría una mejilla. Una herida en el hombro lo había perforado.
Zoe la miró a los ojos, por un momento se reflejó en ellos una súplica cercana a la tristeza, sólo fue un instante. Sólo duró un instante.

–¿Cómo puede ser una cabaña en un bosque tan cómoda? –inquirió Zoe mientras Aatami le daba un pequeño vaso de té. La luz de las velas los iluminaba.
–¿Sabes lo que dice este hombre? –interrogó el hechicero, mirando a aquel extraño en un rincón.
–No creo que lo sepa él tampoco.
–Está relatando una antigua profecía –el hombre loco seguía recitando sus versos incomprensibles.
–¿De ésas que hablan de los Dioses Muy Poco Amigables?
–En la Academia tendemos a referirnos a ellos como los Antiguos. ¿Qué sabes de la Iglesia?
–Está dividida en cuatro ramas: la Hermandad de la Muerte, a la que pertenezco; las Doncellas de la Guerra, que irónicamente no suelen participar en ninguna de ellas, las… Espera, ¿por qué demonios me preguntas esto?
–He formulado mal mi pregunta, mis disculpas, ¿sabes algo del origen de la Iglesia? ¿Por qué se creó?
–Porque debíamos luchar contra los nigromantes. Bueno, la Iglesia de la Guerra no parece que tenga ningún propósito en particular aparte de entrenar, y… la Iglesia de la Enfermedad se dedica a curarla y la del Hambre se dedica a paliarla. Pero la Hermandad de la Muerte es la primera. Mis hermanas y yo nos ocupamos de que las cosas muertas sigan en su sitio. A juzgar por cómo me miras no estoy dando ni una.
–¿Cuánto tiempo has sido una hermana?
–Era una niña cuando llegué al monasterio, si me puse a combatir con unos catorce o quince años… supongo que soy una hermana en funciones desde que naciste.
–¿Y nunca te has preguntado el porqué de los nigromantes, por qué no pueden destruir sus propias creaciones, sólo detenerlas?
–Sí, pero cuando les estoy matando no pueden responderme bien –Sombra graznó, aleteando sus plumas negras.
–Volvamos a tus Dioses Muy Poco Amigables. Arrasaron el mundo hace más de mil años.
–Así es –convino ella.
–¿Sabes de dónde extraían la energía que les permitió acceder a nuestra realidad?
–Mmm…
–¿Nunca te has preguntado cómo podemos reanimar a los muertos?
–Espero que no sea una pregunta-trampa. Esto… ¿con magia? –se aventuró Zoe.
–Los muertos tienen una chispa de vida que nosotros utilizamos, para extinguirla totalmente las Hermanas de la Muerte necesitan rematarlos.
–¿Me estás diciendo que los Dioses Muy Poco Amigables extraen energía de los no-muertos?
–No, te estoy diciendo que obtienen la energía de los muertos, de todos en realidad. Tal vez rompa el relato, pero la Iglesia de la Muerte nació junto con la Academia de Nigromantes para asegurarse de que la energía remanente en los cadáveres se extinguía y, así, no podía ser utilizada por los Antiguos.
–¿Tienes alguna base para realizar tal afirmación?
–Sí, de hecho, buscar apoyo documental para defender esta teoría me ha ocupado los últimos dos años de mi vida.
Aatami fue a una estantería, puso varios códices ominosamente gruesos sobre la mesa.
–¿Tienes alguna base resumida para realizar tal afirmación? –inquirió, alarmada–. No pienso leerme todo eso, además, ¿de dónde los has sacado?
–Varios de ellos de la ciudad prohibida de Untersagt. En lo concerniente a éste –dijo respecto del libro que acababa de tomar prestado– de la Biblioteca de Svalbard. Creo que ahora necesitan bibliotecarios.
–¿Pero qué pudo pasar? Los nigromantes ya no conjuran no-muertos para que las hermanas los destruyan, nunca había oído hablar de algo así. De hecho, los nigromantes utilizan pequeños ejércitos de no-muertos para alcanzar sus propios fines. Y, razonablemente, para acabar con los zombis a largo plazo, solemos tener que hacer frente también a aquellos que los conjuran.
–Efectivamente. Lo que queda a día de hoy no es más que un relato residual de las antiguas funciones, ya olvidadas. Si mi teoría es cierta, sin embargo, las consecuencias van a ser… duraderas. Y me encanta tener razón, pero la única forma de tener siempre razón es saber admitir cuándo te equivocas, así que procedamos con cautela.
–¿Quién coño puede haber encubierto algo así?
–Probablemente nadie, probablemente todos.
–No es una respuesta muy concreta.
–Si te soy sincero, Zoe, no creo que sea una conspiración para liberar a los Antiguos, no creo que nadie sea culpable de trazar un plan maligno que nos lleve a nuestra extinción. Creo que los hombres y mujeres han ido olvidando la Historia a través de siglos de luchas internas por el poder, de pequeños grupos que trataban de conservar la esencia de nuestra lucha o también de transformarla, de fronteras en colisión y países en guerra que tenían otras prioridades siempre y cuando la Hermandad de la Muerte estuviera relativamente presente. Teniendo en cuenta los escritos, en algún momento del siglo IV la alianza entre la Iglesia y la Academia estaba tan deteriorada que cortaron las comunicaciones por completo. Resulta fácil imaginar que alguien pudiera construir una leyenda negra alrededor de la Academia de Nigromantes y resulta fácil pensar que los mismos nigromantes, en algún momento y tras años de sangrientas persecuciones e intentos por reagruparse, fueran ajustándose poco a poco a esa narrativa. Hay copias de los libros en Untersagt, de modo que al menos unas pocas personas debieron de conservar alguna idea del mundo tal cual era tras la llegada de los Antiguos.
–Supongo que los Dioses Muy Poco Amigables debieron percibir muchísima energía tras el Calentamiento y la Era de las Guerras… ¿pero por qué no haber venido antes? Nuestros ancestros fueron famosos por sus descubrimientos y su tecnología, pero también por esclavizar y matar a millones de personas a través de los siglos.
–Me temo que sólo puedo ofrecerte especulaciones –respondió él.
–¿Y qué relación tiene este tío con todo esto? –interrogó Zoe, contemplando a ese hombre que no había parado de murmurar incoherencias.
–No lo sé. Puede que sea un hombre que ha perdido la cordura, pero si fuese un oráculo, como parece… Nos estaría alertando de la proximidad del fin. Tiene sentido si pensamos que la acumulación de energía por parte de los Antiguos es lenta y constante.
–¿Y qué pinto yo en todo esto? –indagó ella.
–Tú me vas a ayudar –contestó Aatami–, eres toda una leyenda, ¿no es así?
–¡¿Estás completamente loco?! –exclamó ella–. Soy amiga de un nigromante, no soy precisamente la Hermana de la Muerte más ortodoxa que existe. ¡Seré una leyenda pero me miran como a un bicho raro, tío! –tras unos segundos de soltar maldiciones, consiguió calmarse un poco–. Dices que te voy a ayudar, ¿ayudar a qué? –por supuesto ella ya se temía las palabras que iban a venir a continuación.
–A restaurar la alianza entre la Iglesia y la Academia y buscar un modo de destruir a los Antiguos o reforzar las fronteras dimensionales –afirmó el hechicero.
–Tú flipas. Y yo flipo, me estás diciendo que el mundo…
–…no es lo que parece. Pero tiene más sentido así, ¿verdad?
Bebieron su té, pensativos.
Al principio apenas repararon en ello, pero ya estaba allí.
Un profundo silencio se abrió en la cabaña, tan intenso que eran capaces de oír sus corazones bombeando sangre, su respiración demasiado alta, sus párpados al parpadear, el arrullo de su piel al erizarse el vello y los oídos chasqueando al reaccionar a la ausencia de todo sonido externo.
Tal vez de forma instintiva fijaron su vista en el oráculo: su cuerpo se hinchaba y fluctuaba, su piel se oscurecía, todo parecía romperse y re-ensamblarse en ese cuerpo y el eco de aquel estruendo en medio del vacío reverberaba en sus cabezas como una pesadilla.
Una bestia más allá de toda definición había conseguido cruzar para devorar toda cordura.
Y el fluir del tiempo se había acabado.